Ayer, mientras regresaba de mis vacaciones, recibí la noticia de uno de mis tíos, el hermano mayor de mi madre y con quien por ese exagerado sentido familiar del Caribe compartí muchos momentos de la vida. Entró a hacerse unos exámenes urinarios y un infarto acabó con su existencia. A esta experiencia personal se juntan las duras cifras de las 29 personas fallecidas en la tragedia del municipio de Rosas en el Cauca. La verdad, la situación además de dolorosa se vuelve fuente de muchas reflexiones. De nuevo nos preguntamos por el sentido de la vida, volvemos a constatar la fragilidad de la existencia y nos enfrentamos a la triste realidad de que no volveremos a ver a esas personas amadas que han muerto.
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Soy creyente y creo en la vida eterna, pero también tengo una certeza en el corazón: que este tipo de experiencias nos deben llevar a tomar la decisión de vivir apasionadamente y de luchar por ser felices. No podemos quedarnos sin palabras ante la muerte, sino que tenemos que comprometernos con vivir cada vez mejor.
Por ello, planteo cuatro cosas para tener presente: primero, una buena relación contigo mismo, tienes que saber que eres responsable contigo; en segundo lugar, hay que tener en cuenta que la existencia siempre es coexistencia, por lo que debemos construir relaciones en la confianza, la bondad y la generosidad; tercero, tenemos que sostener una buena relación con nuestro medio ambiente; y cuarto, se necesita una experiencia espiritual a esos días que se suman y que hacen la vida.
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