Se dice que aparece en los rincones más oscuros, siempre a la sombra de las casas, montado en un caballo negro que no emite sonido alguno al trotar. Su aspecto es inconfundible: un hombre pequeño, vestido completamente de negro, con botas brillantes y un sombrero enorme que oculta casi todo su rostro. Pero lo que más aterra no es su apariencia, sino su fijación mortal. Esta es la historia de El Sombrerón.
En una FILBo dedicada al cuerpo, pocas celebraciones resultan tan significativas como el homenaje a Darío Jaramillo Agudelo, cuya trayectoria poética y narrativa ha sido reconocida con numerosos premios y distinciones. Su obra, profundamente vinculada al amor, el erotismo y la experiencia corporal, es fundamental para entender la tradición poética colombiana. Como afirma el poeta Ramón Cote, existen muchos Daríos: el poeta, el narrador, el ensayista, el editor, el gestor cultural. A esa lista se suman el mentor, el antologador, el reseñista, el melómano y el amigo entrañable. En este homenaje, amigos y colegas se reúnen para conversar, ante un público fervoroso, sobre las múltiples y brillantes facetas de su vida y su obra.