La reflexión dominical del pastor Andrés Corson gira en torno a una idea central profundamente consoladora: la presencia constante de Dios en cada etapa de la vida. A partir de textos como el Salmo 23, el mensaje recuerda que incluso en los momentos más oscuros “no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo”. Corson insiste en que Jesús no solo acompaña, sino que comprende al ser humano, pues “no tenemos… un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nosotros”, destacando que Cristo vivió como hombre para identificarse con el dolor, la soledad y las luchas humanas.
El mensaje recorre distintas experiencias universales —el rechazo, la enfermedad, el dolor emocional— para afirmar que en cada una de ellas Jesús ha estado presente. Desde antes del nacimiento, como lo expresa Libro de Jeremías: “antes de que nacieras te aparté”, hasta los momentos de menosprecio, donde resuena la promesa: “a mis ojos fuiste de gran estima… y yo te amé”. Asimismo, se enfatiza que en la enfermedad y el sufrimiento Cristo también participa activamente, recordando la profecía de Libro de Isaías: “llevó nuestras enfermedades… y por su llaga fuimos nosotros curados”.
Finalmente, Corson destaca el propósito de los “desiertos” espirituales y las pruebas, entendidos no como abandono, sino como escenarios donde Dios habla y forma el carácter. Basado en pasajes como el Evangelio de Mateo, enseña que incluso Jesús pasó por el desierto, y que estos procesos preparan para un propósito mayor.
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