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¿Quién es Rafael Manuel Almansa Riaño, el que podría ser el nuevo santo colombiano?

La Arquidiócesis de Bogotá publica un perfil de Rafael Manuel Almansa Riaño, el sacerdote franciscano que podría convertirse en santo, luego de que el papa Francisco firmara el decreto en el que se declaran las "virtudes heroicas", el primer paso en el proceso de beatificación.

85193_Rafael Manuel Almansa Riaño / Foto: Arquidiócesis de Bogotá
Rafael Manuel Almansa Riaño / Foto: Arquidiócesis de Bogotá

Este es el perfil

 

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Este santo sacerdote,  de familia de clase media, perteneció al clero secular de la Arquidiócesis de Bogotá desde 1897 hasta su muerte ocurrida  el 28 de junio de 1927 en esta capital y en la parroquia de San Diego, a la que sirvió durante 30 años.

 

¿Qué tan probable es que el padre Rafael Manuel Almansa Riaño sea declarado santo? Escuche en este audio la opinión del padre Germán Acosta, director de Radio María. 

 

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Su niñez se desarrolló alrededor del Convento de San Francisco y en un ambiente impregnado por el franciscanismo. Su padre, Ambrosio, además de carpintero,  era sacristán de la iglesia de San Pablo, hoy La Veracruz, situada detrás del convento,  a cargo de los mismos padres franciscanos,  y vivía al costado del mismo templo con su esposa, María del Rosario. En ese mismo sitio nació el Siervo de Dios.

 

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Sus progenitores pertenecían a una familia sencilla, profundamente católica. Por ello, nacido el niño el 2 de agosto, fiesta de la Virgen de los Ángeles patrona de la Orden franciscana, al día siguiente, 3,  lo llevaron a bautizar a su parroquia que, a la sazón, era la de Ntra. Sra.  De Las Nieves. Sus padrinos fueron Francisco Gaitán y Francisca Navarro.

 

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Todo el contexto anterior explica por qué el Siervo de Dios golpease a las puertas del Convento de San Francisco para hacerse sacerdote. Allí transcurrieron sus estudios de seminarista, hasta  llegar a su segundo año  de teología en 1862.

 

Es de notar que  en 1934 el Papa Gregorio XVI  había nombrado Arzobispo de Bogotá  al joven y destacado sacerdote caucano de 34 años Manuel José Mosquera y Arboleda. Durante la vida episcopal de Monseñor Mosquera  nació, pues, en 1840, el Padre Almansa. Corrían en la política de entonces verdaderos vientos huracanados. Muchos traban de aclimatar en la República, a como diera lugar, los enconados propósitos de la Revolución Francesa. Ello condujo en el año  de 1852 al destierro del gran Arzobispo Mosquera por parte  del Congreso y, posteriormente, la tristísima y cruel persecución de 1862  contra la Iglesia Colombiana por parte, irónicamente, del hermano del Arzobispo Mosquera, presidente y dictador general Tomás Cipriano de Mosquera. Éste, quien exhibía públicamente sus insignias de masón grado 33, era, además, un codicioso de los bienes de la Iglesia, particularmente de los de las comunidades religiosas. En virtud de lo que él dio en llamar la “desamortización de bienes de manos muertas”, suprimió a sangre y fuego las comunidades religiosas en todo el país y se apoderó de sus bienes.

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Ante la dolorosa situación anterior, el seminarista Almansa, quien se empeñaba en responder a su llamado sacerdotal, hubo de huir a tierras lejanas, dejando  atrás a su madre, sus hermanas, su comunidad religiosa, su ciudad natal. Con cartas dimisorias del sucesor de Monseñor Mosquera, el Arzobispo Antonio Herrán y Zaldúa, el Siervo de Dios se dirigió a  la entonces lejanísima Pamplona, donde fue recibido y ordenado sacerdote  el 23 de mayo de 1866 por  el nada fácil obispo  Bonifacio Antonio Tozcano. La recepción del sacerdocio fue para  el Siervo de Dios el triunfo más grande de su vida. Había luchado y sufrido por ello denodadamente. De ahí para adelante todo su intento será alcanzar la santidad por el amor a Dios y a su prójimo.

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Pasada la persecución, después de haber servido como presbítero desde 1866 hasta 1878 en la ciudad de Bucaramanga, perteneciente a la diócesis de Pamplona,y  con la práctica de una vida santa, atestiguada en forma escrita  por infinidad de feligreses, volvió el Padre Almansa a su ciudad y a su convento  de Bogotá.

 

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Pasados varios años,  a fin de poder remediar la pobreza extrema de su madre y sus hermanas, el Siervo de Dios pidió a sus superiores, con el respeto que lo caracterizaba, la salida de su comunidad franciscana,  para ser recibido, en forma la más caritativa, como sacerdote del clero de la Arquidiócesis  por el Arzobispo de Bogotá, Monseñor Bernardo Herrera Restrepo, quien, desde hacía tiempo apreciaba su excepcional santidad en la práctica de todas las virtudes heroicas.Era el año de 1897. No se retiró, sin embargo, sino después de que el superior de la Orden le concediera el privilegio de seguir usando el hábito franciscano, que llevará hasta su muerte.

 

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El Señor Arzobispo lo envió, entonces, como clérigo del presbiterio de Bogotá, a ejercer su ministerio sacerdotal en la iglesia recoleta de San Diego, que el mismo Arzobispo había recibido de manos de la Comunidad Franciscana. Allí estará el Siervo de Dios por el término de 30 años,  señalado por todo el clero y por todos  los estamentos de la sociedad como un verdadero santo, digno de la canonización. Testimonio de bulto de esta manifestación unánime lo constituyeron sus bodas de oro sacerdotales celebradas por toda la ciudad al más humilde de los sacerdotes en 1916 y la apoteosis de su  paso al Cielo  en 1927, cuya Eucaristía, por voluntad del Arzobispo Herrera Restrepo –ya enfermo y en cama-  fue presidida por el  hoy Siervo de Dios Ismael Perdomo Borrero, Arzobispo Coadjutor.

 

Abierto el proceso para su beatificación por parte del Señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz (en sus dos elementos medulares de la heroicidad de las virtudes y la comprobación de un milagro atribuído  al Siervo de Dios), y terminada su fase canónica diocesana, el mismo fue llevado a  Roma en 1996 por el Postulador de la Causa en Bogotá, Monseñor Alvaro  Fandiño  Franky.  Hoy el proceso, estimulado por el Señor Cardenal Rubén Salazar Gómez, prosigue  su curso en la Congregación para  la Causa de los Santos.

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