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El miedo a perderlo todo: una vida aparentemente segura, pero interiormente agotadora

Es probable que madurar no consiste en lograr una vida donde nada se mueva.

Alberto Linero (6).jpg

Un miedo que ancla, llena de ansiedad y causa mucho descontrol en la vida es el miedo silencioso a perder estabilidad. No hablo solamente del miedo a quedarse sin dinero. Hablo de algo más profundo. Del miedo a que se caiga aquello que nos da sensación de control: el trabajo, la pareja, la rutina, la salud, el reconocimiento, la imagen que construimos, la vida “organizada”.

De alguna manera vivimos intentando asegurar el futuro como si la existencia pudiera firmarnos un contrato de permanencia. Lo cual trae una contradicción dolorosa: mientras más queremos controlar la vida, más ansiedad sentimos. Porque la vida, por naturaleza, es movimiento. Nada permanece intacto.

A veces creemos que buscamos paz, pero lo que realmente buscamos es garantía. Queremos saber que nada cambiará, que nadie se irá, que el cuerpo no fallará, que el amor no se desgastará, que el mundo seguirá obedeciendo nuestros planes. Pero la vida nunca prometió eso. Quizá una de las grandes tragedias contemporáneas es que nos enseñaron a construir seguridad, pero no a convivir con la incertidumbre. Nos volvimos expertos en producir, ahorrar, organizarnos, optimizarnos pero profundamente frágiles frente a lo inesperado. Y por eso hay personas que ya no viven: administran riesgos emocionales. No aman profundamente por miedo a sufrir. No cambian de rumbo por miedo a perder estabilidad. No descansan por miedo a quedarse atrás. No dicen lo que sienten por miedo a romper algo.

Terminan atrapadas en una vida aparentemente segura, pero interiormente agotadora. Porque la estabilidad absoluta es una ilusión. Y cuando alguien convierte la estabilidad en el centro de su existencia, cualquier cambio se siente como amenaza, incluso los cambios necesarios.

A veces la vida desordena precisamente aquello que habíamos convertido en refugio: una relación termina, un trabajo cambia, los hijos crecen, el cuerpo envejece, los planes se rompen. Es probable que madurar no consiste en lograr una vida donde nada se mueva. Tal vez consiste en desarrollar un corazón capaz de vivir el movimiento sin perderse a sí mismo. Porque la verdadera paz no nace de controlar todo. Nace de descubrir que incluso en medio de la incertidumbre seguimos teniendo algo esencial: la capacidad de reconstruirnos

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