Cuando el sol se ocultaba en la vereda San Martín, en el municipio de Plato, comenzaba una rutina que durante años se repitió en silencio para decenas de familias del Magdalena. La única forma de iluminar las viviendas era encender velas o improvisar mechones de combustible que apenas permitían ver algunos metros dentro de las casas.
La oscuridad llegaba temprano y, con ella, las limitaciones. Los niños debían estudiar bajo una luz precaria, las altas temperaturas hacían más difíciles las noches y conservar alimentos era prácticamente imposible.
Esa fue la realidad de Benigno Correa y de muchas familias campesinas que, pese a vivir en pleno siglo XXI, nunca habían tenido acceso al servicio de energía eléctrica.
“Esto era oscuro; nos alumbrábamos con velitas, con mechón, aguantando mosquitos, aguantando calor. Hoy ya tenemos abanico, tenemos televisión y vivimos mejor”, relata mientras observa los paneles solares instalados recientemente en el techo de su vivienda.
La historia de Benigno se repite en otras veredas de Plato, Ariguaní y Sabanas de San Ángel, donde 100 hogares comenzaron a experimentar una transformación que para muchos parecía lejana.
La llegada de la energía no ocurrió mediante redes eléctricas convencionales. Fue posible a través de un programa de compensación por servicios ambientales impulsado por la Gobernación del Magdalena, que reconoce el trabajo de familias campesinas comprometidas con la protección de bosques, nacimientos de agua y ecosistemas estratégicos del departamento.
En total, 47 familias de Plato, 28 de Ariguaní y 25 de Sabanas de San Ángel recibieron sistemas fotovoltaicos compuestos por paneles solares, baterías e infraestructura que les permite contar con energía limpia y permanente.
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Para la gobernadora del Magdalena, Margarita Guerra, el proyecto representa mucho más que la entrega de equipos tecnológicos. "Estas familias han dedicado años a proteger nuestros bosques y nuestras fuentes hídricas. Hoy estamos reconociendo ese compromiso con una solución que les cambia la vida y que, al mismo tiempo, impulsa la transición energética en las zonas rurales del departamento", señaló la mandataria.
Más allá de la tecnología, el cambio se refleja en la cotidianidad. Ahora es posible encender un ventilador durante las noches de intenso calor, mantener refrigerados algunos alimentos y realizar actividades domésticas sin depender de velas o combustibles.
La iniciativa también marca un precedente en el Magdalena. Es la primera vez que un esquema de pagos por servicios ambientales se materializa en la entrega de sistemas de energía solar como incentivo para quienes ayudan a conservar ecosistemas estratégicos.
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"Proteger el medio ambiente también debe generar bienestar para las comunidades. Estamos demostrando que la conservación puede traducirse en oportunidades, calidad de vida y desarrollo para quienes cuidan el territorio", agregó Guerra.
Mientras en las ciudades la electricidad hace parte de la rutina diaria y pocas veces se piensa en ella, en estas comunidades rurales la llegada de un interruptor encendido tiene otro significado. Es la posibilidad de estudiar en mejores condiciones, descansar con mayor comodidad y mirar hacia el futuro con nuevas oportunidades.
Por primera vez en mucho tiempo, cuando cae la noche en estas veredas del Magdalena, la oscuridad ya no tiene la última palabra.