El pasado fin de semana, estando en Barranquilla, me encontré con un amigo de infancia. Bastaron unos minutos para que la conversación nos llevara de regreso a los juegos, a los apodos y a las dinámicas de vida de nuestro barrio en Santa Marta. Es curioso cómo la memoria guarda esos momentos con una claridad especial, como si el tiempo no hubiera pasado. Él es alguien que ha salido adelante y hoy ocupa un buen cargo y ha construido un proyecto de vida sereno y armonioso. Lo miré y le dije: “Mi mamá diría que has salido adelante”. Sonrió con esa mezcla de orgullo y sencillez que tienen las historias bien vividas, y celebramos el momento.
Después me quedé pensando en la posibilidad real del ascenso social. Él, como yo, venimos de orígenes muy humildes. Nuestras historias no comenzaron con privilegios ni con caminos despejados. Sin embargo, con disciplina, trabajo y aprovechando las oportunidades que la vida fue poniendo delante, pudimos avanzar. No se trata de negar las dificultades ni de idealizar los procesos, pero sí de reconocer que es posible transformar el punto de partida.
Hoy comparto esta reflexión porque creo que el ascenso social requiere de una dinámica doble. Por un lado, es necesario despertar en los jóvenes que tienen menos recursos el deseo de superarse, ofrecerles herramientas y acompañarlos en la formación de virtudes como la disciplina, la responsabilidad y la constancia. Hay que hacerles saber que son capaces, que su historia no está escrita de antemano y que, con inteligencia y esfuerzo, pueden abrir caminos que quizá antes parecían imposibles.
Pero esa no es toda la tarea. También es necesario que quienes han logrado mejores condiciones de vida comprendan que el bienestar personal no puede construirse de espaldas a la realidad de los otros. Una sociedad sana se edifica cuando quienes tienen más posibilidades crean oportunidades para quienes vienen detrás. No se trata solo de caridad ocasional, sino de construir dinámicas de justicia que permitan que más personas participen del desarrollo.
Porque, al final, la vida nos enseña una verdad sencilla y profunda: nadie prospera verdaderamente en una sociedad que deja a muchos atrás. El bienestar personal solo se sostiene cuando también crece el bienestar colectivo.