Al comienzo uno cree que conversar es saber qué decir. Con el tiempo descubre que lo decisivo es saber cuándo callar, cuándo preguntar y cuándo dejar que el otro termine su idea sin interrumpirlo. La radio me ha enseñado que la conversación no es un duelo, es una construcción. No se trata de ganar, sino de comprender.
En la mesa de trabajo he visto cómo una buena conversación puede bajar tensiones, abrir perspectivas y humanizar diferencias. Personas que piensan distinto logran encontrarse cuando se sienten respetadas. Y eso no sucede por casualidad. Sucede cuando alguien hace una pregunta honesta, cuando evita el sarcasmo fácil o cuando decide no ridiculizar al otro.
Conversar se aprende cultivando tres actitudes: humildad, curiosidad y respeto. Humildad para aceptar que no lo sabemos todo. Curiosidad para interesarnos genuinamente por lo que el otro piensa. Respeto para no convertir el desacuerdo en ataque.
También se aprende controlando el impulso de responder desde la emoción inmediata. Muchas veces en la mesa de BLU he sentido la tentación de reaccionar rápido, de contestar con firmeza. Pero la experiencia me ha confirmado que una pausa o una pregunta adicional pueden cambiar completamente el tono de una conversación.
El don de conversar no es solo una habilidad comunicativa; es una práctica ética. Nos obliga a reconocer al otro como interlocutor válido, incluso cuando no compartimos su postura.
En tiempos de polarización, aprender a conversar es un acto de responsabilidad. No nacemos sabiendo hacerlo. Lo aprendemos escuchando, equivocándonos, corrigiendo y, sobre todo, manteniendo la disposición a encontrarnos.
Conversar bien es una forma concreta de cuidar la convivencia.