Alberto Linero: Ley del más vivo
Pero cuando la viveza se convierte en virtud el tejido social se rompe y pierde su sentido. Dejamos de admirar la rectitud y comenzamos a celebrar la astucia deshonesta. Y eso tiene consecuencias.
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La persona que va a mi lado en el avión me pregunta si me puede hacer una pregunta. Obviamente le digo que sí, y no me hace una, sino que dispara tres: ¿Por qué tenemos esta crisis de valores? ¿La gente a lo malo le dice bueno? ¿La corrupción se apoderó de la humanidad? Sonrío y, con serenidad, trato de responder desde mi punto de vista sus inquietudes. Así se fue la hora de viaje, conversando sobre ética, cultura y responsabilidad personal.
Al bajarme y ponerme en sintonía de BLU escucho la declaración del jugador de Nacional, César Haydar: “Fui más vivo”, refiriéndose a la jugada con Rodallega que derivó en que se anulara el gol del equipo capitalino.
Conecté inmediatamente las dos situaciones. Y ahora quiero compartir con ustedes mi posición. No quiero hacer un análisis individual ni enjuiciar a nadie. No creo que eso sea lo correcto. Pero sí quiero que nos preguntemos por qué hemos normalizado la ley del más vivo. ¿Por qué creemos que hacernos los “vivos” —que no es otra cosa que aprovecharse de las circunstancias y sacar ventaja personal a costa de otros— es motivo de orgullo?
Sin duda, esto ocurre porque privilegiamos los resultados por encima de los valores. Hemos caído en la trampa ética de pensar que lo importante es lograr nuestro propósito por la vía que sea, incluso si es antiética o ilegal. Nos tranquilizamos diciendo que “así es el juego”, que “todos lo hacen”, que “el que no avanza es porque es ingenuo”.
Pero cuando la viveza se convierte en virtud el tejido social se rompe y pierde su sentido. Dejamos de admirar la rectitud y comenzamos a celebrar la astucia deshonesta. Y eso tiene consecuencias: erosiona la confianza, debilita la convivencia y alimenta la sospecha permanente.
Tal vez la verdadera crisis no es de valores en abstracto, sino de coherencia cotidiana. Porque los valores no se pierden en discursos; se erosionan en pequeñas decisiones justificadas una y otra vez.
Vale la pena preguntarnos si queremos una sociedad de “más vivos” o una comunidad de personas íntegras.