Ferley es de Santa Rosa del Sur en el departamento de Bolívar que se destaca por ser una zona agropecuaria y minera, además de estar ubicada en la cordillera central bañada de ríos, caños, quebradas y de mucho bosque en donde justamente los grupos paramilitares y de guerrilla se disputaron por muchos años el territorio.
La pesadilla
Una toma guerrillera al casco urbano de Santa Rosa del Sur provocó el desplazamiento de la familia Ruiz, y de otras más, hacía zonas rurales de la región, sin embargo, para Ferley lo más duro, en ese momento, no fue dejar la casa y las cosas sino perder en medio de las balas a una hermana de 10 años de edad.
“Esto obligó a mi papá y a mi familia a marcharnos hacía una finca que le habían entregado en administración”, cuenta Ferley entrelazando sus dedos y dejándolos caer sobre una mesa.
Los Ruiz, ya instalados en la finca, vivieron por varios años tranquilos hasta el día en que los paramilitares comenzaron a cobrar vacunas y aportes para sostener su guerra con los grupos insurgentes.
“Le estaban cobrando a mi papá una vacuna, un impuesto y pues la finca no era de él y no tenía cómo cancelar”, dice.
El sacrificio
Los hombres del Bloque Central Bolívar seguían intimidando a las familias de las zonas rurales y se fijaron en una niña de 14 años de edad, situación que Ferley no pudo tolerar. “Le habían echado ojo a mi hermana (…) en ese instante yo no podía permitir que se la llevaran, ya había perdido una, y entonces me ofrecí en cambio de ella”.
Para esa época el joven Ruiz tenía 13 años de edad y aún no sabía que le esperaba en las filas paramilitares, solo pensaba en dejar a su familia en medio de su tristeza y la de sus padres.
La Nostalgia
Los primeros días fueron muy difíciles; nunca me había separado de mi familia, de mis hermanos. A pesar de nuestra pobreza y de nuestras situaciones de necesidades, pues vivíamos felices. Compartíamos mucho.
La catarsis de momentos de reflexión y de llanto silencioso del pequeño combatiente casi siempre se daba en las noches cuando prestaba servicio de centinela en el campamento. “Verme uniformado a esa edad, siempre era difícil. Yo era un poquito llorón y recordar a mi mamá me ponía muy nostálgico”.
¿Por qué no estoy en la lista?
Fueron cuatro años de combates, inteligencia y guardia que vivió el pequeño Ferley en medio de la selva hasta que llegaron las negociaciones de Ralito en Córdoba entre el Gobierno Nacional y los jefes paramilitares.
Uno de los acuerdos alcanzados, en las conversaciones, era la entrega de los menores de edad al Estado colombiano y eso tenía feliz a la mayoría de niños que hacían parte de las estructuras del grupo ilegal, sin embargo, no todos estaban en la lista para ser devueltos a la vida civil y ese fue el caso que le tocó a Ferley.
-Tenía 17 años de edad y le pregunté al comandante por qué no estaba en la lista, y él me contestó que yo era buen elemento y que me iba devolver en la entrega colectiva- dice.
Ante esa decisión el joven no tuvo más remedio que retomar su servicio de centinela a la orilla del río Magdalena, y allí en su soledad pensó dos cosas: fugarse o quitarse la vida.
La fuga
La depresión le abrumó por varias horas, el pensar que no volvería a su casa y que su familia estaba lejos de aquel lugar, lo llevó a tomar una de las decisiones más importantes de su vida: escapar en una canoa sobre el río Magdalena.
Ferley respira, cierra los ojos y luego cuenta con una sonrisa contagiosa: -Había un pescador a la orilla del río y le dije que me pasará a la otra orilla (…) después de bajarme, de la canoa, caminé cinco o seis horas y me encontré con una patrulla del Ejército y ahí fue mi entrega-
Dice que los soldados lo trataron bien y que él no se imaginaba la dimensión de las cosas que había hecho por liberarse de la guerra. “Todo el mundo me felicitaba y me motivaban”.
Luego de la entrega voluntaria ya el desmovilizado menor de edad fue trasladado al Batallón Nueva Granada de Barrancabermeja donde estuvo en interrogatorio cinco días; luego, fue presentado ante un juez de menores que ordenó su entrega al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y cinco meses después fue trasladado por vía aérea a Bogotá.
La recuperación
La reincorporación a la vida civil, según cuenta Ferley, fue complicada, fundamentalmente porque el pasado era difícil de olvidar ya que había momentos de sentimientos cruzados en los que él recordaba el maltrato y el tener que abandonar por tantos años a su familia.
“Estuvimos con psicólogos y tutores. Ellos me estabilizaron, me ayudaron. Nos mantenían en cursos y manualidades para olvidar el pasado en esos instantes”, explica en plural porque tuvo que hacer el proceso de recuperación junto a más menores que habían escapado de las filas guerrilleras y paramilitares.
Según la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), existe un modelo de formación para los excombatientes con el aval del Ministerio de Educación, el cual se ha implementado en 10 regiones del país y que ha dejado como consecuencia que 21.775 ex militantes aprobaran básica primaria, 8.058 básica secundaria y 14.452 son bachilleres.
Dentro de los más de 14.000 excombatientes que logaron el bachillerato está Ferley quien dice: “Hice la nivelación y pues comencé a estudiar por ciclos (…) después mi bachillerato y luego cumplí la mayoría de edad”.
El reencuentro y un nuevo camino
Cumpliendo la mayoría de edad se reencontró con su madre por quien tanto lloró en las noches de centinela, también con su padre y sus hermanos a quien dice ama con todas sus fuerzas. “Volvieron los momentos de felicidad, de compartir con humildad y de contar cada uno sus historias mientras la guerra nos separó”.
Sin embargo, además de estar con su familia, la búsqueda de Ferley estaba en las aulas de clase y para lograrlo debía trabajar. “Me tocó en construcción, en Abastos como cotero, después en un supermercado de verduras, pero siempre con la mentalidad de estudiar”.
Con esfuerzo el joven estudió, los domingos, técnico en enfermería. “Cuando me gradué me ofrecieron un trabajo como auxiliar y ahí todo empezó”. El primer trabajo de Ferley fue en un geriátrico cuidando abuelitos.
Los sueños no se detienen
El enfermero quería ser médico, pero el dinero y el tiempo no se lo permitieron, es así que decidió estudiar Administración de Empresas en la Universidad Minuto de Dios donde se le dieron todas las cosas.
“Trabajaba de noche y en el día estudiaba. Todo se me cuadró y así saqué adelante mi carrera e hice mis prácticas en la corporación educativa en el área administrativa. Me di cuenta que el estudio sirve”, cuenta mientras juntas las palmas.
Datos de la ACR señala que 2.750 excombatientes han adelantado cursos de educación superior, el 2,73% (75 personas) lo han hecho en el nivel técnico, 79,67% (2.191 personas) en tecnológico y el 17,60% (484 personas) han accedido a educación profesional universitaria.
Sin embargo, Ferley dice que su camino académico no se va a detener y ya cuenta con un cupo en la Universidad de los Andes para estudiar una maestría en construcción de paz. “Nunca pensé en llegar a estudiar una maestría, pero creo que es una herramienta importante para lograr el objetivo que tengo que es trabajar con las comunidades”.
Dice que estudiar en una de las universidades más importantes del país lo llena de una alegría “grandísima” y una responsabilidad porque afirma que representa a la población desmovilizada y es su deber dejar las puestas abiertas. “Creo es un reto grandísimo abrir puertas a otras personas que vienen con las mismas ilusiones”
Ferley, quien trabaja además como motivador y promotor en la Agencia Colombiana para la Reintegración, dice a los combatientes de los grupos ilegales que en la vida civil si se pueden hacer cosas, pero que los empresarios y la sociedad en general deben abrir espacios para que los desmovilizados tengan oportunidades y pueda construir un país en paz.