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La importancia de la paciencia en la era digital y cómo aprender a esperar

Hay frutos que solo nacen cuando dejamos de mirar el reloj y comenzamos, por fin, a confiar en el proceso.

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Alberto Linero
Foto: Blu Radio

Tengo que confesar que soy impaciente. Pero creo que la manera como estamos viviendo nos alimenta la impaciencia. Por ejemplo, hace unos días estaba en una fila. Delante de mí una persona miraba el celular cada cinco segundos. Abría la aplicación del banco, luego el correo, después WhatsApp y volvía a empezar. No esperaba nada distinto; simplemente no soportaba la sensación de esperar. Estuve seguro que esa fila no era realmente el problema sino la creencia de que cualquier demora es un fracaso.

Estamos en el tiempo del "ya". Queremos respuestas inmediatas y queremos ser feliz con un chasquido de dedos, sin dificultades ni demoras. La tecnología ha hecho maravillas por nosotros, pero también nos ha hecho olvidar que la vida tiene ritmos que ningún algoritmo puede acelerar. Un árbol no da fruto antes de tiempo. Un niño no crece en una semana. Una amistad profunda no nace después de dos conversaciones. El corazón no funciona como la tecnología.

Que quede claro que la paciencia no es resignación ni pasividad. Es una forma de inteligencia emocional. Es la capacidad de soportar la incertidumbre sin desesperarnos, de seguir sembrando aunque todavía no aparezcan los frutos, de aceptar que hay procesos que necesitan tiempo para madurar. El amor requiere paciencia para conocer y dejarse conocer. El perdón necesita paciencia para cicatrizar las heridas. Incluso la fe pide paciencia para seguir caminando cuando todavía no entendemos el sentido de lo que vivimos. Quien no sabe esperar termina tomando decisiones apresuradas solo para escapar de la incomodidad de la espera.

Quizá por eso una de las grandes virtudes de nuestro tiempo sea recuperar el arte de esperar. No de cruzarse de brazos, sino de caminar sin ansiedad. Porque la vida rara vez llega antes de tiempo, pero tampoco suele llegar tarde. Llega cuando hemos crecido lo suficiente para recibir aquello que antes solo deseábamos. Tal vez el bienestar no consista en que todo ocurra más rápido, sino en aprender a vivir con serenidad el tiempo que cada cosa necesita. Hay frutos que solo nacen cuando dejamos de mirar el reloj y comenzamos, por fin, a confiar en el proceso. Para ser verdaderamente felices y alcanzar nuestras metas tenemos que ser pacientes.

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