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El último arrullo de doña Alba: la enfermera que viste de graduandos a los bebés de Envigado

Tras retirarse de neonatología en el Hospital Manuel Uribe Ángel a sus 63 años, la profesional cuidó a los más pequeños durante dos décadas y hoy sigue tejiendo recuerdos inolvidables para los recién nacidos.

Alba Elena enfermera jubilada.jpg
Foto: suministrada

En la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del Hospital Manuel Uribe Ángel, en Envigado, hay una tradición que no figura en los manuales de medicina. Cada vez que un recién nacido logra superar dos meses internado peleando por su vida, a veces pesando menos de un kilo, el pasillo se convierte en un corredor de honor. No salen con mantas comunes: llevan puestas pequeñas togas y birretes hechos a mano. Detrás de cada puntada, borla y costura está la historia de Alba Elena Escobar, una mujer que dedicó 21 años a cuidar a los más frágiles y que convirtió el hilo en un alivio contra el dolor de los padres.

La vocación de esta enfermera nació en un hogar humilde donde no había luz eléctrica y se cocinaba con petróleo. De niña, improvisaba remedios calentando brebajes bajo el fogón y utilizaba lo que tenía a mano para inyectar a sus muñecos de trapo. Ver una jeringa era, para ella, la imagen más hermosa del mundo. Sin embargo, el camino trazado por las circunstancias la llevó a casarse joven y tener cuatro hijos, dedicando los primeros años de su adultez al cuidado del hogar en el municipio de La Estrella.

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"Toda mi vida soñé con ser enfermera; yo veía una jeringa y me parecía lo más hermoso del mundo. Como éramos de escasos recursos y vivíamos en una casa sin luz, mi mamá cocinaba con petróleo. Yo cogía los envases vacíos y me ponía a inventar supuestas bebidas y remedios", afirmó Escobar.

Fue cuando sus hijos crecieron que decidió saldar la deuda con su infancia. Validó el bachillerato y se matriculó en el Politécnico Marco Fidel Suárez para estudiar Técnica Profesional en Enfermería. Con 38 años, entre cuadernos, turnos diarios y la crianza de su familia, sacó adelante la carrera apoyada por su madre y sus hijos mayores, obteniendo incluso becas por promedio académico. En el año 2000 pisó por primera vez el hospital de Envigado para hacer su práctica y no volvió a salir de allí en un cuarto de siglo.

Tras un paso por Pediatría y Urgencias, hizo parte del equipo que fundó desde cero la UCI Neonatal del centro asistencial. Durante dos décadas, su rutina transcurrió entre recién nacidos prematuros extremos, madres recuperándose de complicaciones de salud y pequeños bajo custodia del Estado que pasaban meses en la unidad. Para ella, la medicina debía ir acompañada de abrigo humano, por lo que empezó a confeccionar disfraces para fechas especiales y gorros navideños que se volvieron sagrados para las familias.

"Cuando llega el momento de que el bebé se vaya a casa, le hacemos una calle de honor y le entregamos a la mamá su hijo vestido de graduando. Es una ceremonia hermosa de la que todos queremos formar parte, donde se toman fotos y videos para celebrar el alta médica", agregó.

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Hoy, retirada a sus 63 años en Sabaneta, la enfermera disfruta de su jubilación sin soltar la aguja ni el hilo. Aunque ya no viste el uniforme blanco, mantiene la promesa de seguir confeccionando las prendas para los bebés de la unidad. Heredera de la disciplina y el arte de coser de su propia madre, asegura que cuidar a los recién nacidos y acompañar a las familias fue la forma más honesta de cumplir el sueño que dibujó desde niña junto al fogón.

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