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Decidir también es renunciar: el valor de elegir en medio de la incertidumbre

Elegir no siempre trae calma inmediata; muchas veces implica miedo, pérdidas y asumir consecuencias con madurez.

Valor de elegir en medio de la incertidumbre
Valor de elegir en medio de la incertidumbre
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Estamos en días próximos a elecciones, y eso me ha hecho pensar en lo que significa tomar buenas decisiones. Tomar una buena decisión no consiste simplemente en elegir rápido ni en encontrar una opción perfecta.

He aprendido que muchas de las decisiones más importantes de la vida vienen cargadas de dudas, miedo e incertidumbre. Porque decidir también es renunciar. Cada vez que alguien elige un camino, inevitablemente deja otros atrás. Y eso produce vértigo.

Por eso hay personas que viven postergando decisiones importantes: quedarse o irse, amar o soltar, comenzar o terminar, hablar o callar. Y la razón es que temen equivocarse y, muchas veces, asumir las consecuencias de vivir.

Entiendo que esta es una época saturada de opiniones. Todo el mundo dice qué deberíamos hacer. Las redes sociales, los gurús instantáneos, los discursos emocionales y las comparaciones permanentes terminan confundiendo la conciencia.

Entonces, muchos toman decisiones no desde lo que realmente son, sino desde el miedo a decepcionar, desde la necesidad de aprobación o desde la ansiedad de no quedarse atrás. Y cuando una decisión nace solamente de la presión externa, tarde o temprano uno se da cuenta de que se equivocó.

Por eso, una buena decisión exige interioridad. Hay decisiones que no se aclaran en medio del ruido. Necesitan silencio, honestidad y tiempo. Porque decidir bien no es hacer lo más fácil ni lo más popular; es descubrir qué nos hace más humanos, más responsables y más coherentes con nuestra verdad profunda. A veces, eso implica aceptar dolores momentáneos para evitar sufrimientos más grandes después.

También hay que entender algo importante: no toda decisión correcta produce tranquilidad inmediata. Hay elecciones buenas que duelen. Decidir poner límites, terminar una relación destructiva, cambiar de rumbo, pedir perdón o empezar de nuevo puede generar miedo y tristeza. Pero el dolor no siempre significa que uno se equivocó. Muchas veces significa, simplemente, que está creciendo.

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Las mejores decisiones no suelen nacer ni del impulso ni del miedo, sino del discernimiento; de la capacidad de mirar la realidad completa, reconocer lo que sentimos, asumir responsablemente las consecuencias y preguntarnos honestamente qué nos acerca más al amor, a la verdad y a la vida.

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