Mi abuela Cleotilde con su acento caribe y con su pose de filosofa popular me decía: “No hay que perder el tiempo preocupándose… hay que ocuparse.” De niño yo creía que era simplemente una frase práctica de vieja sabia. Con los años entendí que ahí había una manera profunda de pararse frente a la vida. Porque preocuparse y ocuparse no son lo mismo.
La preocupación muchas veces nos da la ilusión de que estamos haciendo algo, pero en realidad nos deja inmóviles. Uno se acuesta pensando escenarios terribles, conversa internamente con todos los problemas posibles, anticipa desgracias, ensaya pérdidas y mientras tanto la vida sigue avanzando. Todo eso desgasta y transforma nada.
Hay personas que viven tan atrapadas en el “¿y si pasa?” en vez de preguntarse “¿y qué puedo hacer ahora?”. Y claro que hay cosas que producen miedo: la salud, el dinero, los hijos, el trabajo, las pérdidas, la incertidumbre, la situación del país y del mundo.
No somos de piedra. La vida trae momentos que estremecen. Pero una cosa es sentir miedo y otra muy distinta es instalarse a vivir dentro de él. La preocupación excesiva tiene algo agotador nos hace vivir y querer controlar lo que todavía no existe.
Uno puede pasar semanas angustiándose por algo que jamás ocurre. O puede descubrir que aquello que sí ocurrió era completamente distinto a lo que imaginaba. Mientras tanto se perdió: el sueño, la paz, el presente, la capacidad de disfrutar.
Mi abuela no era psicóloga ni filósofa, pero entendía algo esencial: la vida se resuelve mejor desde la acción que desde la angustia. Ocuparse no significa negar los problemas.
Significa preguntarse: ¿qué sí puedo hacer? ¿qué depende de mí? ¿qué paso concreto debo dar? ¿qué conversación debo tener? ¿qué decisión he venido aplazando?
Publicidad
Porque las situaciones no se curan preocupándose, se curan actuando. Por ello si crees que hay un futuro terrible posible te invito a actuar con inteligencia y decisión. No ganas nada angustiando. Es necesario actuar. Montaigne escribió algo muy cercano en sus Ensayos:
“Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca ocurrieron.”
Y también hay que aceptar algo difícil: no todo puede controlarse. La vida siempre tendrá un margen de incertidumbre. Siempre.