Crónica: Relatos de venezolanos que huyeron de la “dictadura”
Blu Radio reconstruye el relato de seis ciudadanos venezolanos que migraron a Colombia debido a la profunda crisis que atraviesa el vecino país.
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En una calle fría en Bogotá un hombre se limpia las lágrimas que se deslizan por sus mejillas, mira con impotencia el asfalto, aprieta los labios y dice con amor: “Venezuela es esa novia bonita que uno no quiere abandonar nunca, pero la dictadura nos la quiere arrebatar."
Óscar tiene figura de beisbolista, luce una gorra de colores amarillo, azul y rojo, y ocho estrellas; lleva a su espalda la bandera de Venezuela, grita a coro con más de cien personas el himno nacional de su país: “Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando, la virtud y honor…”.
Dice que a su novia bonita le hacen falta medicamentos, comida y que pasa por mucho trabajo, algo que considera injusto.
“En un país muy rico, con la mayor reserva petrolera del mundo, no hay comida ni medicamentos”, dice Óscar, quien cuenta con un buen trabajo para sobrevivir en Colombia.
-“Me duele en el alma ver a mi gente tirarse a un río asqueroso”
Una mujer octogenaria de cabello nevado, ojos grandes y con más energía que una joven de 20 años, grita a todo pulmón: “Fuera la dictadura de Nicolás Maduro”.
Con su delgada figura se planta en el separador de la Carrera Séptima con calle 87, en el norte de la capital colombiana, para decir en repetidas ocasiones que su nombre es “Venezuela Margarita Caracas”.
Argumenta que viste de negro porque está de luto, que su nombre se lo puso su país que lleva en el alma y aprieta su mano diciendo: “A mi país me lo tienen en guerra”.
Moviendo la cabeza de un lado a otro, con los ojos desorbitados y los puños apretados, cuenta que ni en la dictadura de Marco Pérez Jiménez vio tan humillado a su país.
“Esto es un régimen porque allá no hay Gobierno. Un régimen lanzándole a la gente tanquetas y tiros (…) persiguiéndolos como si fueran judíos y ellos nazis”; se limpia las lágrimas.
Venezuela Margarita Caracas posa en sus manos, por un instante, su rostro envejecido y como si estuviera viéndolo, porque ese mal recuerdo lo tiene todo el tiempo en sus pensamientos, dice con voz quebrada: “Los vi (a los manifestantes de la oposición) cuando se lanzaron al asqueroso río Guare para salvar sus vidas. Eso me duele en el alma”.
-“No pude ir a enterrar a mi padre, Venezuela es un país inseguro”
Ana María Rondón, una mujer corpulenta, dice que no pierde la esperanza y cree que está muy cerca la caída del “régimen”, que su mayor tristeza es no haber podido ir el año pasado a enterrar a su padre porque la situación en Caracas está complicada, “por aquello de la inseguridad”.
Con su pequeña banderita de Venezuela en la mano, habla de su desdicha, de no poder estar con toda su familia. Mira el césped, lanza con timidez una patadita y dice: “Ver tanta gente fuera del país me entristece muchísimo”.
-“Trabajo como estilista por 800 mil pesos”
Carlos viajó 32 horas desde San Fernando de Apure, ubicado en el sur de Venezuela, hasta Bogotá. Este hombre moreno y de cuerpo menudo entró al país por la frontera entre Táchira y Norte de Santander. Tiene 27 años de edad, llegó a las tres de la mañana a la capital colombiana y dice que hacía un frío tenaz, experiencia que él calificó como muy dura.
Sentado en una calle en Bogotá confiesa que miró los grandes edificios y que su mayor preocupación era el no tener a nadie: “No tengo familia aquí, vine solo”.
Le da gracias a Dios por el buen trato que ha recibido de los colombianos y se siente conforme con los 800 mil pesos mensuales que gana en un salón de belleza como estilista.
“Mi familia completa depende de mí. Mi mamá llora todos los días. Yo la llamo; ella me extraña y yo la extraño. No es fácil estar lejos de la casa, no es fácil”; Mira la luz artificial de la noche y sus ojos se denotan tristes y aguados.
-“Llegué a Colombia con una maleta repleta de sueños”
Gerardo guardó su título de Literatura por el cual luchó durante muchos años en su país, y ante la necesidad que ha generado el modelo económico del régimen chavista, decidió salir a las calles de Caracas a vender teléfonos, televisores, sus cosas, y al ver que el dinero no le alcanzaba viajó a Colombia.
“Llegué a este país con muchas esperanzas (…) Me vine con una maleta repleta de muchos sueños porque mi familia también depende de mí y lo logré”, dice este hombre de cara delgada y cabello desordenado.
Sobre su trabajo, que consiguió en una multinacional de telefonía celular, expresa que le va “súper bien económicamente”, lo que le permite ayudar a su familia, que vive en Venezuela.
Sin embargo, el dinero no lo es todo para este joven que no ve a su madre desde hace un año y tres meses. Dice que es muy difícil no pasar una Navidad o un cumpleaños con los suyos.
“Es demasiado fuerte acostarse todas las noches sin que nadie te dé la bendición, sin que nadie te diga cómo estas, cómo te ha ido, ni lo que sientes. Es muy difícil. Ojalá los colombianos nunca pasen por esto. Es muy difícil, amigo”; limpia el agua salada que corre por su rostro.
Agradece a Colombia el respaldo que le ha ofrecido a él y a muchos de sus compatriotas, pero afirma con dolor, agarrándose el pecho a dos manos y como un niño chiquito suelta en llanto y grita, en medio de la vía de la fría ciudad, “coño, ésta vida no me pertenece. Yo no soy de Colombia, quiero estar en mi país”.
-“Tengo un ‘sueldazo’ de 700 mil pesos”
Javier, se encontraba sentado en la silla en su claustro educativo en Valencia, ciudad ubicada en el Estado de Carabobo, cuando tomó la determinación de salir de su país por vía terrestre durante más de 24 horas.
“La universidad es privada y los pagos se pusieron muy costosos. Tenía el apoyo de mis padres, pero no era suficiente, no aguanté más. Pasamos por Paraguachón, Cartagena, Santa Marta, Honda y Bogotá”, explica.
Dice que llegó por sus propios medios a Bogotá, que califico de ciudad bonita donde las personas se dedican a su tiempo, trabajo y familias
“Al momento de llegar a Bogotá pensé mucho en conseguir un trabajo, poder ayudar a mi familia para poder sustentarla; a los tres días conseguí un trabajo buenísimo en un restaurante y un jefe magnifico, soy mesero. Tengo un sueldazo de 700 mil pesos”, expresó Javier.