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Nada me preparó para la muerte de mi papá: Alberto Linero

La vida sigue. Seguro uno se acostumbra a la ausencia y al dolor, pero creo que el mejor homenaje que les podemos hacer a nuestros amados muertos, es ser felices. Sé que ellos disfrutarán nuestra felicidad.

Alberto Linero
Alberto Linero
Foto: cortesía Alberto Linero

Durante los 25 años que ejercí el ministerio presbiteral, muchas veces acompañé a hermanos a morir, y a muchas familias en los ritos que buscan apaciguar el dolor de la pérdida de un ser querido y darle sentido desde la fe, a esa experiencia tan devastadora. Tengo que decir que ninguna de esas vivencias me preparó para la muerte de mi papá.

Desde el momento en el que pude despedirme de él y absolverlo de sus pecados –la dispensa en ese caso me lo permitía- hubo un dolor agudo, profundo, que la ausencia va haciendo cada vez más intenso.

Tengo fe y creo que la muerte no es la última palabra sobre nuestras vidas, pero igual me duele y me hace sufrir mucho. Ahora, es un dolor personal, nadie nos lo puede quitar, nadie lo puede entender realmente, y todas las bienintencionadas palabras que recibimos, solo nos ayudan a definir la actitud para enfrentarlo, pero no lo sanan. Definitivamente la muerte es una experiencia individual.

Dos valores anclan mis emociones por estos días: solidaridad con todos los que han perdido seres queridos en medio de esta pandemia que enrarece y hace todo más complicado, porque implica experiencias de soledad, de ausencia de abrazos y cuidados que nos dejan a mereced del dolor y sus acciones; ya en Colombia por el COVID-19 hay 39.053 muertos.

La solidaridad es fruto de la empatía y estoy seguro que es la expresión de la buena condición humana. Nadie que no sepa ser empático ni solidario, podrá decir que es un buen ser humano.

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El otro valor es un profundo agradecimiento, primero con él, que supo ser un buen papá y siempre estuvo a mi lado, también con mi madre, hermanos y María Alcira que saben generar rutinas de comunión para pasar de la mejor manera posible el golpe; pero también con los médicos y el personal de salud, que en medio de la pandemia, exponen aún más su vida para salvar la de otros y me apoyaron en toda esta batalla.

Lamento que nuestra sociedad no sepa valorarlos ni generarles un contexto de seguridad en el que puedan ejercer su trabajo con las mejores condiciones.

La vida sigue. Seguro uno se acostumbra a la ausencia y al dolor, pero creo que el mejor homenaje que les podemos hacer a nuestros amados muertos, es ser felices. Sé que ellos disfrutarán nuestra felicidad.

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