Cuando se acerca Halloween, una hortaliza comienza a ganar protagonismo en los hogares colombianos. Sus colores llamativos y la posibilidad de convertirla en una decoración terrorífica la hacen ideal para esta temporada, pero detrás de su popularidad hay meses de trabajo campesino.
En una región del país, los alrededores de las casas campesinas están rodeados de estos frutos, que llaman la atención por sus diferentes tamaños y tonalidades. Para sus productores, representan una de las cosechas más esperadas del año, especialmente cuando llega octubre y aumenta la demanda.
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¿Dónde se cultivan las ahuyamas que decoran los hogares colombianos?
Se trata de Nuevo Colón, un pequeño municipio de Boyacá que tiene apenas 51 kilómetros cuadrados de extensión y que podría considerarse una fábrica de ahuyamas. Allí, los cultivos hacen parte del paisaje y, desde hace más de tres décadas, los agricultores trabajan en la producción de estas hortalizas.
De sus tierras salen diariamente varios camiones cargados con el producto, que llega a diferentes destinos del país. Sus cultivadores destacan que son los frutos más esperados y vistosos de esta temporada, pues se convierten en una alternativa para decorar viviendas y otros espacios durante la celebración.
El trabajo detrás de cada pieza requiere paciencia. Una ahuyama de gran tamaño puede tardar aproximadamente ocho meses en crecer, mientras que las pequeñas, consideradas menos decorativas por algunos productores, necesitan cerca de cinco meses para estar listas.
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Sus tonalidades también llaman la atención: van desde el amarillo pálido hasta el naranja encendido. Esta variedad, sumada a sus formas, permite que las personas las aprovechen para elaborar figuras y máscaras, además de utilizarlas como parte de la decoración característica del 31 de octubre.
¿Por qué las calabazas se convirtieron en un símbolo de Halloween?
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La tradición de las calabazas talladas tiene raíces celtas y está relacionada con la leyenda de Jack, conocido como el hombre del farolillo. Según esta historia, fue condenado a vagar entre el cielo y el infierno, alumbrando su camino con una brasa colocada dentro de un vegetal tallado.
La costumbre llegó a Estados Unidos con inmigrantes irlandeses, quienes utilizaban nabos para elaborar estas linternas. Con el tiempo, las calabazas reemplazaron a ese vegetal y se convirtieron en una imagen representativa de Halloween, especialmente por su presencia en películas y relatos de terror.
En Colombia, la influencia cultural estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX contribuyó a extender esta costumbre. Como alternativa cercana, la ahuyama comenzó a utilizarse para recrear los rostros tallados, una práctica que se popularizó entre quienes buscan darle un ambiente diferente a sus hogares durante octubre.
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También existen creencias populares que relacionan las caras talladas con la intención de ahuyentar a las almas que, según esas historias, deambulan por el mundo. Estas interpretaciones conviven con el uso decorativo que actualmente se les da a las hortalizas.
¿Qué hacen con las ahuyamas?
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Además de su uso ornamental, estas hortalizas tienen un lugar en la cocina. Algunos ejemplares recuerdan por su apariencia a grandes mandarinas y son apreciados para preparar tortas, jugos, arequipe y otras recetas. También aportan nutrientes y contienen vitaminas A, E y C.
La temporada de mayor movimiento comercial llega con el 31 de octubre, cuando niños y familias celebran Halloween y buscan elementos para decorar sus espacios. Durante esos días, varias personas visitan el municipio para comprar una o más ahuyamas y llevarlas a otros lugares de Colombia, atraídas por la calidad de los productos.
La niña campesina Valerie Bautista resumió el papel de los agricultores en esta tradición con una frase: "Boyacá viste de halloween los hogares de Colombia, con el toque creativo de nuestros campesinos".
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