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Aceptar la ausencia sin tecnología: el valor de la nostalgia real frente a la simulación por IA

Frente a la aparición de los 'thanabots', herramientas de inteligencia artificial diseñadas para simular la voz y personalidad de personas fallecidas, surge la reflexión sobre los límites de la tecnología en la salud emocional.

Alberto Linero
Alberto Linero
Foto: Blu Radio.

Todavía lloro a mis muertos. Aunque me esfuerzo en recordarlos desde las alegrías que compartí con ellos, trato de ser feliz para honrarlos y doy gracias por su vida, muchas veces siento su ausencia y eso me hace llorar. Ayer, cuando leí una nota periodística sobre los 'thanabots', esos programas de inteligencia artificial diseñados para simular la personalidad, la voz, el tono de escritura y algunos recuerdos de una persona fallecida, permitiendo a los usuarios “conversar” con ella, pensé si usaría ese tipo de servicio tecnológico. Mi respuesta fue clara: no. Prefiero quedarme con mis recuerdos y mi nostalgia. No creo que me haga bien recibir un mensaje con la voz de mi papá como sí fuera actual. Siento que dificultaría mi manera de vivir el duelo.

Extrañar a alguien que murió forma parte de mi experiencia de haberlo amado. Hay días en los que recuerdo a mi papá por alguna frase suya. En otros aparece una canción, una comida o una historia familiar que me lleva hasta él. Esos recuerdos llegan sin programación y tienen algo que para mí resulta fundamental: pertenecen a una historia que realmente vivimos juntos.

Una inteligencia artificial podría reproducir su voz con bastante precisión. Podría aprender expresiones que utilizaba y responder utilizando información sobre su vida. La persona que recibiría esos mensajes seguiría sabiendo que detrás de ellos existe un programa construyendo respuestas a partir de datos.

Mi papá ya no puede decirme algo nuevo. Aceptar esa realidad ha sido parte de mi duelo. Me habría gustado tener otras conversaciones con él y compartirle tantas cosas que han sucedido desde su muerte. Esa posibilidad terminó el día en que murió. Me duele reconocerlo, aunque también me ayuda a entender el lugar que ahora ocupa en mi vida.

Por eso prefiero recordar. Algunas veces esos recuerdos me hacen sonreír. En otras ocasiones termino llorando. Dejo que ocurra. El duelo tiene días tranquilos y otros en los que una ausencia vuelve a sentirse con fuerza.

Entiendo que cada persona afronta la muerte de alguien querido de una manera particular y respeto a quien encuentre consuelo utilizando estas tecnologías. En mi caso quiero conservar la memoria de mi papá como se ha ido formando durante estos años, con sus palabras reales, sus gestos y los momentos que compartimos.

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Seguir viviendo también implica aprender a relacionarnos con quienes murieron desde la memoria. Yo he decidido hacerlo así. Cuando extrañe a mi papá, recordaré lo que vivimos. Si tengo que llorar, lloraré. Sus recuerdos me alcanzan para seguir queriéndolo.

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