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Por qué aprender a perderse algunos planes se convirtió en una forma de cuidar la tranquilidad

El intento de estar presente en cada evento, noticia o reunión suele generar un desgaste incesante. Aprender a establecer prioridades, aceptar las renuncias cotidianas y dejar de compararse en redes sociales resulta esencial para cuidar la salud mental y disfrutar el presente.

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Alberto Linero
Foto: Blu Radio

Durante mucho tiempo pensé que aprovechar la vida consistía en participar en todo lo que pudiera. Una invitación era una oportunidad que había que aceptar. Un viaje había que hacerlo si aparecía la posibilidad. Si los amigos se reunían, procuraba estar. También quería conocer las noticias del día, ver aquello de lo que todos estaban hablando y mantenerme al tanto de lo que ocurría. Con los años he descubierto que esa manera de vivir también cansa.

El tiempo alcanza para menos cosas de las que uno quisiera. Aceptarlo me ha dado tranquilidad. Mientras escribo estas líneas hay personas reunidas en algún lugar, se está jugando un partido que podría interesarme, alguien estrena una película que probablemente disfrutaría y seguramente tengo mensajes pendientes por leer. He aprendido a convivir con eso.

Durante estos años también he tenido que decir que no a invitaciones que me gustaban. Algunas veces preferí quedarme en casa. Otras escogí una conversación con un amigo en vez de asistir a un evento. He dejado series sin terminar porque perdí el interés y he pasado días sin conocer todos los detalles de una noticia. Al principio sentía que estaba desaprovechando algo. Después entendí que elegir siempre deja algo por fuera.

Eso ocurre también con decisiones más importantes. Quien decide dedicar una tarde a sus hijos deja pendiente algún asunto del trabajo. Quien reserva unas horas para descansar podría utilizarlas en adelantar una tarea. Quien escoge pasar el domingo con sus padres quizá tenga que rechazar otro plan que también parecía agradable. El tiempo nos obliga a establecer prioridades de una manera muy concreta.

Las redes sociales han complicado un poco este aprendizaje. Ahora podemos saber dónde estuvieron los demás mientras nosotros hacíamos otra cosa. Vemos las fotografías de una cena a la que no asistimos, conocemos el concierto que nos perdimos y descubrimos el paseo que nuestros amigos organizaron. Esa información puede hacernos revisar una decisión que unas horas antes nos parecía perfectamente buena.

A mí me sirve recordar por qué elegí lo que elegí. Si decidí quedarme en casa para descansar, intento disfrutar ese descanso sin pasar la noche mirando lo que hicieron los demás. Si rechacé una invitación para terminar un trabajo importante, procuro concentrarme en él. Una decisión pierde buena parte de su sentido cuando seguimos mentalmente instalados en aquello que dejamos pasar.

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Hay cierta serenidad en aceptar que nunca estaremos en todos los lugares. Tampoco conoceremos todas las historias ni participaremos en cada celebración. Nuestra vida ocurre precisamente en los lugares que escogemos habitar.

Aprender a perderse algunas cosas me ha ayudado a cuidar mejor mi tiempo y mi bienestar.

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