En mi experiencia como acompañante espiritual, muchas veces me he encontrado con personas arrepentidas de no haber expresado a tiempo su amor a alguien importante en sus vidas que ya ha muerto. Recuerdo a alguien que me decía: “Esta mañana pude decirle a mi papá que lo amaba y no lo hice… y ahora, en la tarde, está muerto”.
Experimentar este tipo de situaciones me llevó a tomar una decisión radical: expresar continuamente mi afecto a las personas que amo. No tengo miedo de mirar a los ojos y decir: “te amo”, “gracias por ser quién eres”. Tengo claro que el amor que no se expresa, se queda incompleto y no me tener la sensación que alguien de los que amo murió sin que yo le expresara explícitamente mi afecto.
La celebración del Día Internacional del Beso me sirve como pretexto para invitarlos a todos a expresar su afecto, a no guardar los sentimientos, a no esperar a mañana para decir que aman, porque —aunque no lo crean— a veces puede ser muy tarde.
Y es que el afecto, en mi manera de entender la vida, se expresa de tres formas sencillas, pero profundamente significativas:
La primera son las palabras. Decir lo que se siente, nombrar el amor, reconocer al otro. No basta con sentir; es necesario decirlo. Una palabra a tiempo puede sanar, sostener y darle sentido a una relación.
La segunda son las caricias y las expresiones corporales. Un abrazo, un beso, una mirada, una mano que se toma con ternura. El cuerpo también habla, y muchas veces dice lo que las palabras no alcanzan a expresar.
La tercera son los actos de servicio. Estar, ayudar, acompañar, hacerle la vida más amable al otro en lo cotidiano. A veces el amor no se dice ni se toca: se hace. Se vuelve gesto, presencia y cuidado concreto.
Expresar el afecto no debería ser un acto ocasional, sino una forma de vivir. Porque al final, lo único que realmente permanece es lo que fuimos capaces de dar.