En medio de la creciente preocupación por llevar una alimentación saludable, las grasas y los aceites suelen aparecer entre los primeros alimentos que algunas personas buscan reducir o eliminar. Sin embargo, evitar estos nutrientes por completo no significa necesariamente tener una dieta más equilibrada.
La evidencia y las recomendaciones de diferentes autoridades sanitarias apuntan a una idea distinta: las grasas hacen parte de una alimentación balanceada y cumplen funciones importantes en el organismo, por lo que la clave está en conocer qué tipo de grasa se consume, en qué cantidad y con qué frecuencia.
Carolina Betancourt, directora científica de Alianza Team, explicó que el debate no debería centrarse únicamente en retirar las grasas de la alimentación: “Los aceites, las grasas y los lípidos hacen parte de la alimentación diaria. El punto no es evitarlos, sino entender qué tipo se está consumiendo y en qué proporción”.
¿Por qué el cuerpo necesita grasas?
Las grasas son una fuente importante de energía y también intervienen en procesos fundamentales para el organismo. Entre sus funciones está facilitar la absorción de vitaminas liposolubles como A, D, E y K, que necesitan grasa para ser aprovechadas adecuadamente por el cuerpo.
Por esta razón, una alimentación que elimine indiscriminadamente todos los alimentos que contienen grasa podría terminar dejando por fuera nutrientes necesarios.
Las grasas, además, no son un grupo homogéneo. Su composición y sus efectos pueden variar dependiendo de la fuente de la que provengan. Por eso, especialistas y autoridades sanitarias han insistido en la importancia de diferenciar entre los distintos tipos.
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Grasas insaturadas: ¿dónde se encuentran?
Entre las opciones que pueden formar parte de una dieta equilibrada están las grasas insaturadas, presentes en alimentos como el aguacate, los frutos secos, las semillas, los pescados y diferentes aceites de origen vegetal.
Dentro de este grupo también se encuentran los ácidos grasos omega 3. Algunos de ellos son considerados esenciales porque el organismo no puede producirlos por sí mismo en cantidades suficientes y, por tanto, deben obtenerse mediante la alimentación.
Esto no significa que consumir estos alimentos sin límite sea recomendable. La cantidad total de grasa dentro de la dieta también debe guardar relación con las necesidades individuales y con el resto de los alimentos que componen la alimentación diaria.
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El caso de las grasas saturadas
La recomendación cambia cuando se habla de grasas saturadas. Estas pueden encontrarse en productos como la mantequilla, las carnes, los lácteos enteros y algunos aceites vegetales, entre ellos los de palma y coco.
En Colombia, el consumo de grasas saturadas es un asunto que genera especial atención. De acuerdo con los hallazgos mencionados del estudio COPEN, su ingesta en el país es elevada, por lo que el desafío no necesariamente consiste en eliminar todas las fuentes de grasa, sino en moderar aquellas cuyo consumo excesivo puede resultar desfavorable.
En ese sentido, las decisiones cotidianas en la cocina —como las cantidades utilizadas y la frecuencia con la que se consumen determinados alimentos— pueden marcar una diferencia dentro del patrón general de alimentación.
¿Qué pasa con las grasas trans?
Otro grupo que requiere especial cuidado es el de las grasas trans. Estas pueden formarse durante determinados procesos industriales en los que los aceites son modificados para obtener características específicas, y también pueden generarse bajo determinadas condiciones de procesamiento y altas temperaturas.
La Organización Panamericana de la Salud recomienda limitar su consumo, debido a sus efectos perjudiciales para la salud cardiovascular.
Por eso, hablar simplemente de “grasas” puede llevar a una conclusión equivocada. No todas tienen la misma composición ni deben recibir exactamente el mismo tratamiento dentro de la alimentación.
La recomendación no es eliminar las grasas
Organismos y autoridades regulatorias de diferentes países, entre ellos Health Canada, la FDA y las autoridades de Australia y Nueva Zelanda, reconocen el papel que cumplen las grasas dentro de una alimentación adecuada.
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Las recomendaciones alimentarias del Gobierno de Estados Unidos también plantean que el objetivo no debe ser eliminar este nutriente, sino priorizar fuentes de grasas insaturadas y limitar el consumo de grasas saturadas y trans.
Para Betancourt, comprender esa diferencia resulta fundamental antes de hacer cambios drásticos en la alimentación: “El cuerpo necesita grasas para funcionar correctamente, y la conversación no debería ser si consumirlas o no, sino cómo encontrar el balance adecuado dentro de la alimentación diaria”.
Así, la pregunta sobre si las grasas son saludables no tiene una respuesta que pueda reducirse a un simple “sí” o “no”. La calidad de la grasa, su cantidad, su origen y el contexto general de la dieta son factores determinantes.
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En lugar de eliminar aceites y grasas indiscriminadamente, el enfoque recomendado es aprender a identificar mejores fuentes, moderar aquellas cuyo consumo excesivo puede ser perjudicial y mantener una alimentación variada y equilibrada.
En últimas, comer saludable no consiste necesariamente en retirar un grupo completo de nutrientes del plato. La clave está en tomar decisiones informadas sobre qué se consume, cuánto y con qué frecuencia, de acuerdo con las necesidades de cada persona.