La falla de San Andrés es una enorme fractura de la corteza terrestre que se extiende por más de 1.200 kilómetros y marca el límite entre la placa del Pacífico y la placa Norteamericana.
A lo largo de esta estructura, ambas placas se desplazan en direcciones opuestas, un movimiento que convierte a la falla en una de las principales zonas de actividad sísmica del planeta.
Ahora, la atención de los científicos se concentra en la cantidad de tensión que se ha acumulado en algunos de sus segmentos. Mientras determinadas zonas liberan energía mediante desplazamientos lentos, conocidos como creep, otros sectores permanecen bloqueados durante décadas. El más preocupante se encuentra en la parte sur de la falla, donde han transcurrido más de 160 años sin una gran liberación de tensión.
Este comportamiento ha vuelto a poner sobre la mesa el riesgo del denominado “Big One”, el nombre con el que se conoce al hipotético gran terremoto que podría afectar a California. Aunque los estudios no permiten determinar cuándo ocurrirá un evento de esa magnitud, sí ayudan a comprender por qué la región permanece bajo vigilancia permanente.
La situación tampoco puede analizarse mirando únicamente a San Andrés. Las investigaciones recientes apuntan a que distintas fallas podrían interactuar y modificar la forma en que se propaga una ruptura. Entre ellas se encuentra la falla de San Jacinto, una estructura cercana que podría tener un papel importante en determinados escenarios.
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La geofísica Liliane Burkhard ha centrado parte de sus investigaciones en Cajon Pass, una zona considerada una especie de “puerta sísmica” debido a su posible influencia sobre la propagación de una ruptura. Dependiendo de las condiciones, este punto podría dificultar el avance de un terremoto o favorecer que una ruptura alcance otras estructuras.
¿Un terremoto ocurrido en otro país puede afectar a la falla de San Andrés?
La respuesta está relacionada con un fenómeno conocido como activación dinámica (dynamic triggering). Cuando se produce un terremoto de gran magnitud, las ondas sísmicas que libera pueden recorrer enormes distancias y alcanzar regiones situadas a miles de kilómetros.
Al llegar a una falla que ya presenta actividad tectónica, esas ondas pueden provocar pequeños cambios temporales en las fuerzas que actúan sobre ella. En determinadas circunstancias, ese estímulo puede favorecer que una estructura geológica comience a moverse.
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El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) ha documentado este tipo de comportamiento en el sector Parkfield-Cholame, una zona de especial interés para el estudio de la actividad sísmica. Allí, los investigadores observaron un episodio de temblor profundo después del paso de ondas producidas por un terremoto distante.
Sin embargo, este fenómeno no debe interpretarse como una señal de que cualquier terremoto ocurrido en América Latina, Asia o en otra parte del mundo pueda desencadenar automáticamente el “Big One”. La activación dinámica puede modificar las condiciones de una falla, pero un terremoto de gran magnitud requiere una combinación mucho más específica de factores tectónicos.
La falla que mantiene bajo vigilancia a millones de personas
La preocupación adquiere una dimensión mayor por la ubicación de San Andrés. Su recorrido atraviesa California, un territorio densamente poblado y con una infraestructura extensa que incluye ciudades, carreteras, redes eléctricas y otras instalaciones estratégicas.
Algunos modelos científicos contemplan la posibilidad de que una ruptura pueda involucrar más de una estructura. En determinados escenarios analizados, la interacción entre la falla de San Andrés y la de San Jacinto podría producir un terremoto cercano a la magnitud 7,5.
No cabe duda de que el anillo de fuego que recorre desde las costas de sudamerica hasta Nueva zelanda, pasando por indonesia, esta mas activo que desde hace muchisimos años.
— 𝑴𝒚𝒔𝒕𝒆𝒓𝒚 𝑾𝒐𝒓𝒍𝒅 𝑵𝒆𝒘𝒔 (@mysteryWN) August 23, 2026
Se han registrado un total de 187 sismos, todo ellos por encima de magnitud 5 a lo largo del anillo y…
Esto no constituye una predicción de que ese evento vaya a suceder ni permite establecer una fecha. Se trata de escenarios utilizados para comprender cómo podría comportarse el sistema de fallas si determinadas condiciones llegaran a coincidir.
La dimensión del riesgo también puede entenderse a partir de las estadísticas mundiales. De los aproximadamente 500.000 terremotos que ocurren cada año, alrededor de 67.000 superan la magnitud 3. Solo unos 15 alcanzan o superan magnitud 7, mientras que los terremotos de magnitud 8 o más tienen una frecuencia promedio cercana a uno por año.
Los recientes movimientos registrados en América Latina, incluidos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 en Venezuela y otro de magnitud 7,4 en Colombia, también recuerdan que la actividad sísmica es un fenómeno permanente en distintas regiones del continente. En Venezuela, Funvisis registra más de 1.000 sismos anuales.
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Pero la magnitud de un terremoto no es el único factor que determina sus consecuencias. La calidad de las construcciones puede marcar la diferencia entre un movimiento que provoca daños limitados y una tragedia. Edificaciones antiguas o levantadas sin cumplir normas sismorresistentes presentan una mayor vulnerabilidad ante fuertes sacudidas.
California ya ha adoptado medidas para reducir parte de ese riesgo. Entre 2016 y 2025, Southern California Edison destinó 300 millones de dólares al refuerzo sísmico de sus instalaciones.
El estudio de San Andrés también podría servir como referencia para analizar otros sistemas de fallas en el mundo. Los investigadores consideran que metodologías similares podrían aplicarse en países con elevada actividad tectónica, como Turquía, Nepal y Nueva Zelanda.
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Por ahora, la ciencia no puede anticipar el momento exacto en que ocurrirá un gran terremoto. La acumulación de tensión en San Andrés tampoco significa que el “Big One” sea inminente. Lo que sí permite establecer la investigación es que el sistema continúa activo y que comprender la interacción entre sus diferentes fallas resulta fundamental para reducir el impacto de un futuro evento sísmico.