
Una de las experiencias más difíciles que tuve como ministro espiritual fue visitar ancianatos y encontrarme con la soledad de la vejez y los mayores.
Escuchar las quejas de personas mayores que sentían que no le importaban a nadie y se sentían desechadas por aquellos a quienes habían dado todo, no era fácil. Por eso, me alegró leer el mensaje del Papa Francisco para la IV Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, titulado “En la vejez no me abandones” (cf. Sal 71,9). Él, siendo mayor, comprende el peso de los años acumulados y explica las causas de esa soledad: “Las causas de esa soledad son múltiples. En muchos países, sobre todo en los más pobres, los ancianos están solos porque sus hijos se han visto obligados a emigrar. Pienso también en las numerosas situaciones de conflicto; cuántos ancianos se quedan solos porque los hombres —jóvenes y adultos— han sido llamados a combatir y las mujeres, sobre todo las madres con niños pequeños, dejan el país para dar seguridad a los hijos”.
Esta soledad puede imponerse por necesidad, pero tristemente también hay ancianos solos porque sus hijos no los quieren, considerándolos un estorbo, o porque nunca pudieron sanar heridas del tiempo de la crianza, lo que les impide cuidarlos. No hago juicios sobre estas experiencias, siempre complejas y difíciles de vivir, pero creo que el mensaje de Francisco es una oportunidad para recordar tres valores fundamentales en la relación con nuestros mayores:
Amor: Es el amor lo que nos impulsa a no dejarlos solos y a luchar por darles todo lo que necesitan, superando obstáculos para su bienestar.
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Agradecimiento: Ellos nos cuidaron y ayudaron a crecer, y ahora es nuestro turno de devolverles con gratitud todo su esfuerzo.
Solidaridad: Sabemos que un día también necesitaremos compañía y cuidados, y contribuimos a esta dinámica solidaria que la vida exige.
No dejar solos a nuestros mayores es un compromiso humano. Que la vida nos dé los recursos para poder cuidarlos con las mejores emociones posibles.