El terremoto del pasado 10 de agosto ha dejado al descubierto un fenómeno social y psicológico alarmante en las regiones afectadas: la pobreza oculta. De acuerdo con el profesor Javier Aceros, del Departamento de Psicología de la Universidad de San Buenaventura, las consecuencias de este desastre natural van mucho más allá de la destrucción de infraestructura, ya que exacerba vulnerabilidades preexistentes y afecta de manera directa la dignidad y la salud mental de los sobrevivientes.
El "espejismo" de la dignidad y la pérdida de estatus
El estudio liderado por el académico revela que muchas personas, en particular comerciantes y profesionales independientes, sufren en silencio tras perder repentinamente su vivienda y su fuente de sustento.
Para evitar el estigma social, se crea una barrera invisible que les impide buscar el apoyo del Estado. Según explica Aceros, existe un esfuerzo consciente por no pedir ayuda, vinculándose a una lógica de "pretender como establecer un espejismo. Si ese espejismo es que yo estoy bien, no me me pasa absolutamente nada, no necesito ayuda cuando realmente pues (...) esto no es del todo cierto".
Esta situación se asocia directamente con la abrupta pérdida del estatus laboral y social construido a lo largo de los años. El docente señala que en las entrevistas se observa que "hay una pérdida es estatus de ese trabajo que se realizó toda la vida, de que ya en este momento pues hay un sin sentido, no sé qué hacer, perdí mi lugar de trabajo, mi lugar de vivienda, pero también mi lugar de trabajo".
Impacto en la salud mental y el "desarraigo" comunitario
Los efectos psicológicos de esta crisis no siempre son visibles en el corto plazo, sino que tienden a manifestarse en el mediano y largo plazo a través de trastornos afectivos, depresión y ansiedad. Adicionalmente, el deseo de proteger los pocos bienes que les quedan genera estados de hipervigilancia extrema, provocando insomnio, cefaleas, migrañas y fatiga.
A este panorama se suma el dolor del desarraigo por la pérdida de la comunidad física, los vecinos y los lazos de toda la vida. El profesor Aceros describe la complejidad de esta transición afirmando que "generar desarraigos de ir a otro lugar, establecerse de nuevo en otro lugar, pues es todo un proceso bastante complejo que muchas veces no es tan fácil de aceptar y que toma muchos años".
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La negación en adultos mayores y el problema del subregistro
La investigación ha identificado que la resistencia a reconocer la condición de damnificado y a inscribirse en los censos oficiales se concentra principalmente en los adultos medios y mayores. Al haber consolidado ya un proyecto de vida y estabilidad económica, la negación de la pérdida es mucho más fuerte en ellos que en las poblaciones más jóvenes.
Este silencio no solo afecta el bienestar individual, sino que impacta de forma directa la gestión de la ayuda humanitaria, pues "el Estado no puede llegar a tener claramente las cifras reales si las personas no comentan cuando necesitan esas ayudas".
Frente a esta problemática, el análisis enfatiza que la recuperación debe plantearse desde una perspectiva colectiva y comunitaria, donde los vecinos y familiares sirvan como puentes de información para hacer llegar las ayudas. "Las acciones realmente van de la mano de lo colectivo, de lo comunitario", destaca Aceros.
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Escuche aquí la entrevista: