Francisco nos enseñó que el Evangelio se puede predicar con los pies descalzos, con una sonrisa franca, con un silencio oportuno, con un abrazo que sana.
Se convirtió en una voz ética global, incómoda para los poderosos y cercana a los descartados. Habló de economía con justicia, de ecología integral, de migración, de fraternidad, de sinodalidad.
Estos días de Semana Santa son una oportunidad para abrazar la propia vulnerabilidad con dignidad. Para dejar de actuar como si fuéramos invencibles, y permitirnos llorar, frustrarnos, perdernos por un momento.
Solo hace falta un giro del destino, un golpe inesperado, para entender que lo que llamamos banal y pequeño, era en realidad lo más valioso que teníamos.
Tal vez hoy nos hace falta más silencio y menos ruido. Más pausa y menos estímulo. Porque el exceso de información y movimiento a veces nos desconecta de lo esencial.
A veces lo mejor que uno puede hacer es esperar un poco, guardar silencio, descansar el alma y luego volver a pensar. Calmar el corazón es una forma de cuidarse.
Reconocer los errores no es un signo de debilidad, al contrario, es un acto de madurez y grandeza. Es una forma honesta de asumir nuestro proceso de desarrollo personal.