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Si nuestras palabras causan heridas, debemos disculparnos: aplaudo el gesto del párroco de Natagaima

Definitivamente mi abuela tenía razón: hay que ser dueños de nuestro silencio, y no esclavos de nuestras palabras.

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Alberto Linero
Foto: Alberto Linero

Muchas veces me he arrepentido de lo que he dicho o de las formas cómo lo he dicho. Tengo que reconocer que trabajo mucho por no dejar que mi lengua le gane a mi cerebro, y pensar muy bien cada cosa que voy a decir. Sabiendo además que entre uno más habla, mucho más posibilidades de equivocarse tiene.

Por eso, entiendo al párroco de Natagaima, quien luego de unas expresiones desobligantes desde el pulpito en contra de la comunidad LGBTI de su pueblo, reconoció su error y ha pedido disculpas por sus palabras.

Exactamente dijo: "El pasado 5 de septiembre, durante los avisos parroquiales, hice un llamado de atención que resultó ofensivo por la comunidad LGBTI, por lo cual, siguiendo el llamado del papa Francisco a pedir perdón cuando fuese necesario, quiero reconocer que mis palabras no fueron adecuadas. Pido disculpas a la comunidad LGBTI por el modo en el que me expresé. Mi tarea no es juzgar a nadie, sino anunciar la palabra de Dios. Me comprometo ante Dios a vivir en alegría y fe en mi sacerdocio".

Creo que es un gesto ejemplar para todos nosotros. Si reconocemos que nuestras palabras hirieron a alguien en su dignidad, tenemos que expresar nuestras disculpas a esa persona. No podemos ir por la vida diciendo lo primero que se nos ocurra, sin pensar en la dignidad de los demás.

Para reconocer nuestros errores necesitamos humildad, entender que no somos menos por aceptar que nos equivocamos; en una sociedad en la que impera el orgullo y la prepotencia, se requiere más humildad en cada una de nuestras acciones. Requerimos valentía para mirar a los otros a los ojos, y decirles que fallamos, que no nos excusamos por nuestra equivocación, sino que aceptamos que lo hicimos mal, pero también se necesita disciplina para no volver a fallar, para que no se vuelva una costumbre estar pidiendo perdón.

Tenemos derecho a tener nuestra propia visión del mundo y a defenderla con inteligencia, pero no a dañar a nadie con nuestras expresiones. Definitivamente mi abuela tenía razón: hay que ser dueños de nuestro silencio, y no esclavos de nuestras palabras.

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Escuche la reflexión de Alberto Linero en Mañanas BLU:

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