El reciente robo al Museo del Louvre, ocurrido el pasado 19 de octubre, ha dejado al descubierto una realidad alarmante: el corazón cultural de Francia estaba protegido por un sistema tecnológico tan anticuado como algunas de las obras que alberga. Según revelaciones de diarios locales, el museo más famoso del mundo llevaba al menos una década acumulando advertencias sobre vulnerabilidades críticas en su seguridad informática y operativa, sin que se tomaran medidas efectivas.
Las primeras señales de alerta datan de 2014, cuando una auditoría interna advirtió que los servidores del museo funcionaban con sistemas operativos obsoletos, Windows 2000 y XP, y que incluso la red de vigilancia utilizaba contraseñas tan simples como “louvre”. Los expertos concluyeron entonces que “un ataque podría ejecutarse fácilmente desde el exterior del museo”. Las recomendaciones fueron claras: reforzar la ciberseguridad y establecer protocolos de acceso más rigurosos. Nada de eso se hizo.
Tres años más tarde, en 2017, una segunda evaluación confirmó que los mismos problemas persistían. El informe fue categórico: “El Louvre ya no puede ignorar que podría ser objeto de un ataque cuyas consecuencias serían dramáticas”. A las deficiencias informáticas se sumaban otras, como la escasa formación del personal de seguridad, la falta de control en los flujos de visitantes y la obsolescencia de las cámaras instaladas en los tejados y pasillos.
Por otra parte, ocumentos administrativos publicados entre 2019 y 2025 demuestran que la situación no mejoró. En ese periodo, el museo no licitó ningún contrato relevante para la modernización de sus sistemas de vigilancia. En otras palabras, el Louvre llevaba dos décadas sin una actualización integral de su infraestructura de seguridad.
La ministra de Cultura, Rachida Dati, inicialmente minimizó los hechos al afirmar que “los dispositivos funcionaron correctamente”. Sin embargo, pocos días después admitió que “sí hubo fallos significativos”. Por su parte, los sindicatos del museo aseguran que venían advirtiendo sobre “problemas estructurales, personal insuficiente y equipamiento obsoleto” desde hace años. Tras el robo, varios guardias se negaron a volver a trabajar hasta que se garantice una revisión completa de las condiciones de seguridad.
El asalto, ejecutado en apenas siete minutos, tuvo lugar en la icónica Sala Apolo, donde se exhiben joyas de la familia imperial de Napoleón. Tres individuos encapuchados irrumpieron tras romper una ventana con una amoladora angular. Sustrajeron un collar, un broche y una tiara, aunque una de las piezas, la corona de la emperatriz Eugenia, fue hallada posteriormente en el exterior del museo, dañada. Hasta ahora, siete personas han sido detenidas, entre ellas cuatro que fueron localizadas mientras hacían fila para ingresar a un partido de fútbol en Saint-Denis.
El jefe de la Policía de París, Vincent Annereau, confirmó ante el Senado que los sistemas informáticos del museo “necesitaban modernizarse con urgencia” y que la dirección del Louvre “era plenamente consciente” de esa necesidad. La actual directora, Laurence des Cars, había solicitado a comienzos de este año una nueva auditoría de seguridad, cuyos resultados preliminares describen los equipos como “viejos e inadecuados”.
El robo no solo deja un vacío en las vitrinas del museo, sino que también plantea una pregunta inquietante: ¿cómo pudo el símbolo de la cultura europea permanecer tanto tiempo protegido por un sistema tan frágil? Lo ocurrido en el Louvre demuestra que incluso los tesoros más vigilados del mundo pueden quedar indefensos cuando la negligencia se convierte en norma.