Antes de pensar en cruzar medio país, Faler Stiven Navarro Rodríguez se movía en rutas de tres y cuatro horas alrededor de Medellín. Por aquel entonces, ya empezaban a llamarlo Larry Patina, como hoy es conocido en redes, aunque todavía no había una épica que lo respaldara.
Esa hazaña, se la imagino con una ruta, en patines, de Medellín a Puerto Berrío, pero la vida le tenía otros planes y, días antes de iniciarla, una fractura de tibia le cambió el ritmo. El diagnóstico fue de un año para volver a patinar, pero él lo hizo en 6 meses
Tras la recuperación, ya de nuevo sobre los patines, aunque el plan inicial era Puerto Berrío, quiso más y ahora su primera gran salida tras la lesión sería con destino a Necoclí.
Después vinieron Medellín-Cali, Medellín-Coveñas y el viaje al desierto de la Tatacoa. “En Coveñas generó demasiado impacto, porque tuve estrategia para mover las redes”, recordó en diálogo con Blu Radio. En el Tatacoa, en cambio, “fueron seis días demasiado sufridos y el impacto no fue el esperado”.
La quinta aventura, que fue a la vez la más reciente, también ha sido, hasta hoy, la más ambiciosa: salir de Medellín y llegar hasta La Guajira. “Revisando carreteras y un montón de puntos, decidí a la Guajira”, afirma. Dudó con Pasto, pero el norte terminó imponiéndose.
La planeación para completar tal hazaña fue casi milimétrica: “Lo primero fue analizar el presupuesto, lo que me iba a gastar en hospedaje, alimentación e hidratación”, detalla. Buscó marcas que lo apoyaran.
Mientras tanto, se dio 4 meses de preparación fuerte y entrenaba en el Cerro de las Tres Cruces bajo altas temperaturas: “Subía hasta cuatro veces por día para simular el sol que iba a recibir”, explica, durante los entre “cien y ciento cincuenta kilómetros por día” que iba a patinar “para llegar en catorce, máximo quince días” a la capital de La Guajira.
Con el viaje ya emprendido, según relató, la sensación de distancia real de la casa apareció al salir de Caucasia. “Ahí empecé a notar la diferencia, cómo cambiaba la región”, dice. Cruzar a Bolívar y Sucre le confirmó que “somos un país multicultural y por regiones nos diferenciamos demasiado”.
No todo fue paisaje amable. “Había pueblos donde la carretera estaba muy roñosa”, relató. Sin embargo, en su concepción, lo más difícil no fue el asfalto, sino “darle manejo a los pensamientos negativos”. Después de jornadas de hasta catorce horas, el cuerpo le pedía frenar: “Me decía, descanse, me está reventando”.
Pero todo no fue sufrimiento, hubo momentos, y muchos -que pueden confirmar quienes siguieron su viaje a través de redes- en los que aparecían, como él mismo los denominó, los ‘angelitos de la carretera’: “Gente que no me conocía, que solo me había visto en un video, y sentía la necesidad de ayudar”, cuenta
En un viaje de más de 1.000 kilómetros, asegura que el tramo que más lo impactó positivamente llegó al salir de Barranquilla hacia Riohacha: “Era patinar con el mar de un lado y la ciénaga del otro, y al frente la Sierra Nevada de Santa Marta; eso era mágico”, describe, aceptando que, como muchas veces en la vida, “la recompensa estuvo al final”.
Aún así también recuerda que el momento más frágil apareció faltando pocos kilómetros para la meta. “No sabía cuál era el dolor más fuerte, solo tenía un taco en la garganta y ganas de llorar”, confesó. Pensó en dejarlo, pero se respondió: “Ya patiné más de 900 kilómetros, ¿cómo voy a decir que no puedo más?”.
Con ese mantra en el trayecto final, fue como terminó completando, en 14 días, el plazo que él se había impuesto, una hazaña que, sin duda, lo marcó: “Lo que me enseñó este viaje es que no estoy solo”, reflexionó ya desde Riohacha, donde ahora descansa frente al mar y mira hacia el sur como su próximo gran destino: “El cuerpo y la mente del deportista no quieren parar; la próxima meta es llegar a Ecuador”.