
En estos días de terror en el Catatumbo, donde los cadáveres aparecen abandonados en las vías, como los reportados ayer, me he vuelto a cuestionar sobre la muerte y la importancia de los ritos funerarios. Estos no son simples formalidades, sino momentos profundamente significativos que nos ayudan a cerrar ciclos, a rendir homenaje a quienes amamos y a procesar el dolor de la pérdida.
Los ritos funerarios son espacios de encuentro, donde como comunidad compartimos el peso del duelo y encontramos consuelo en la solidaridad. Son un acto de humanidad que nos permite abrazar nuestra fragilidad y darle un sentido al vacío que deja la ausencia de un ser querido. Sin estos ritos, el duelo queda incompleto y el corazón se queda sin el alivio necesario para comenzar a sanar.
Aunque creo en esta necesidad de cierre me inquieta profundamente el avance de los llamados "robots de duelo", máquinas que buscan simular la interacción con nuestros seres queridos fallecidos, alimentadas por inteligencia artificial y recuerdos digitales. Aunque entiendo la intención de aliviar el dolor, esta práctica deshumaniza lo que debería ser un proceso profundamente humano. El duelo es doloroso, sí, pero también transformador. Necesitamos enfrentar la ausencia, no evadirla con una ilusión. Los robots de duelo nos alejan del cierre real, convirtiendo la despedida en un intento vacío de perpetuar algo que ya no está. La tecnología puede ser una aliada, pero jamás debe reemplazar las emociones, los rituales ni el acompañamiento humano que dan sentido al proceso de despedida.
Por eso, más allá de los ritos y las herramientas tecnológicas, creo que la verdadera reflexión debe centrarse en cómo vivimos. La muerte nos recuerda que nuestra existencia es finita, y que lo único que realmente dejamos son las huellas que construimos en la vida de los demás. No sabemos cuándo llegará nuestro último día, pero sí sabemos que hoy podemos elegir dar lo mejor de nosotros: amar sin reservas, servir con generosidad y vivir con propósito.
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Hagamos de nuestra vida un legado que no necesite ser prolongado por máquinas, porque lo que entregamos con el corazón se queda vivo en quienes compartieron el camino con nosotros. Los ritos funerarios nos ayudan a despedirnos, pero nuestra misión es asegurarnos de que, al final, lo que se despida sea una vida bien vivida.