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No se puede ser fanático ni del futbol ni de ninguna otra realidad

El fanático es violento porque cree que las críticas del otro ponen en riesgo su verdad absoluta y por eso merece ser eliminado.

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Me gusta el futbol. Nada más especial que ir al estadio a ver al Unión Magdalena. Disfruto conversar y hasta debatir con amigos sobre este deporte. Bromear y “mamar gallo” cuando el equipo de algunos de mis amigos pierde es fuente de alegría y entretenimiento, pero sé que no se puede ser fanático ni del futbol ni de ninguna otra realidad. Entiendo el fanatismo como ese comportamiento apasionado e irracional que nos hace perder las proporciones de las situaciones.

El fanático cree que su ídolo es dios, su equipo es la concretización de lo perfecto, que su líder no se equivoca y hay que creerle todo; por ello abdica de criticar objetivamente cualquier acción de aquello a lo que está apegado fanáticamente.

El fanático es violento porque cree que las críticas del otro ponen en riesgo su verdad absoluta y por eso merece ser eliminado. La política, la religión y el deporte son caldo de cultivo para estas personas que viven seguras de que una fe ciega les garantizará el éxito, la salvación, el campeonato.

Cuando veo las situaciones del Nacional con sus hinchas y las amenazas a los directivos, y también las que le hicieron al Técnico del Unión Magdalena en Santa Marta, entiendo que requerimos poner todas las realidades cotidianas, y en este caso el fútbol, en su nivel, en su proporción y dejar de creer que representa lo más importante de la vida.

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Los equipos, nosotros los periodistas y los hinchas en general necesitamos hacer entender a todos que el futbol no es más que un deporte y que nada justifica una agresión, del lado que venga. Evitemos que la pasión nos ciegue. Es hora de generar procesos de comprensión de la realidad tal cual es. Sin absolutismos que sólo la distorsionan.

Para agredir a alguien por futbol, política o religión se necesita haber perdido la razón y no entender quiénes somos. Si la sociedad sigue creyendo que exacerbar las pasiones da buenos réditos, solo logrará generar más violencia. Comencemos entendiendo que no puede haber barras bravas, que la agresión no es una forma de hinchar por un equipo, sino una manera de asumir la violencia como patrón de vida.

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Escuche la opinión de Alberto Linero:

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