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Pensar en la santidad de García Herreros no es creer que era el hombre perfecto

Ser santo no es una conquista humana, sino un don de Dios. El padre Rafael era un hombre asombrosamente creativo, un poliglota que quería conocer no sólo las lenguas de los otros, sino sus cosmovisiones.

Rafael García Herreros
Rafael García Herreros
Foto: cjm-eudistes.org

Conocí al padre Rafael García-Herreros en noviembre de 1988 cuando llegué al Seminario Valmaria para iniciar el proceso de formación como Eudista, luego trabajé con él en 1.992 cuando asumí la dirección de la Emisora Minuto de Dios.

Creo que cuatro palabras lo definían: Un maestro, sobre todo un maestro espiritual. Un místico que navegaba con pasión el mar inmenso del amor de Dios. Un artesano, es decir, alguien que trabajaba con sus manos, ya fuera para tirar pico y pala haciendo casas para los más pobres o buscando la manera de tender puentes entre los enemigos para construir la paz, y sobre todo un servidor que entendía la vida desde la proexistencia y quería ayudar a todos, pero principalmente de los más necesitados.

Por eso, no me sorprendió que el Vaticano aceptara continuar con su proceso de canonización; ya lo había declarado Siervo de Dios y ahora inicia todo el proceso para la posible beatificación. Entiendo la santidad no como perfección moral, sino como un hacer presente en la vida diaria entre los hermanos los valores del Reino. Pensar en la Santidad de García-Herreros no es pensar en que era perfecto, sino en cómo transparentaba desde sus debilidades el amor poderoso de Dios.

Ser santo no es una conquista humana, sino un don de Dios. El padre Rafael era un hombre asombrosamente creativo, un poliglota que quería conocer no sólo las lenguas de los otros, sino sus cosmovisiones; filósofo que constantemente se cuestionaba sobre lo fundamental de la existencia. Era adusto, exigente, tributario de los esquemas mentales en los que fue formado y en los que vivió, por eso algunos de sus discursos hoy pueden no ser aceptados y comprendidos.

Creo que ese proceso de canonización debe ser una oportunidad para que los creyentes renueven su fe a partir del cuestionamiento de la manera cómo están viviendo, un comprometerse en la lucha por la justicia social, buscando que todos tengan por lo menos las condiciones mínimas para realizarse como personas, y claro, una oportunidad para seguir construyendo la paz, entendiendo que el otro no puede ser asumido como un enemigo al que hay que eliminar, sino como un hermano con el que puede construirse relaciones justas, prosperas y solidarias.

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Espero que esto no sea una expresión más de nuestro folclor, sino un auténtico proceso de renovación de la fe, un ofrecerle sentido a esta sociedad, asumiendo una de sus frases célebres: “que nadie se quede sin servir”.

Escuche la opinión y el análisis de Alberto Linero:

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