Durante el fin de semana, varios miembros del alto Gobierno —entre ellos las ministras de Transporte, Ciencia y TIC, y la superintendente de Industria y Comercio— se pronunciaron para condenar la entrevista realizada a la directora del Departamento Nacional de Planeación el pasado viernes 30 de enero en Blu Radio. Ante ello, considero pertinente hacer una reflexión pública sobre lo sucedido.
Desde distintos sectores del Gobierno y de sus seguidores se me ha señalado por el tono que utilicé con la directora del Departamento Nacional de Planeación, Natalia Irene Molina Posso, a quien cuestioné por no tener la preparación suficiente para el cargo que hoy ocupa.
Pareciera que se espera que los periodistas permanezcamos inmóviles cuando un servidor público —cuya responsabilidad es velar por las finanzas del país— evada responder preguntas concretas sobre el déficit fiscal, el aumento del gasto y la contratación estatal, y que, en lugar de responder, decida acusar públicamente a una mesa de trabajo radial de “no querer que se destinen recursos” a la salud, la educación y la inversión social para los más vulnerables.
Precisamente porque nos importan esos gastos sociales es que exigimos rendición de cuentas a los funcionarios que invitamos a nuestros espacios. Responder con demagogia a preguntas válidas no es más que una técnica de desinformación y polarización, un recurso ampliamente utilizado por gobiernos en distintas latitudes para deslegitimar la crítica de los medios atacando su reputación. Eso fue exactamente lo que ocurrió durante la entrevista con la directora Molina.
Recurrir a expresiones como “cálmese” o “tranquila, tranquila” no es una estrategia inocente: es una forma velada de deslegitimación, profundamente arraigada en una cultura patriarcal y misógina, que busca desactivar la interpelación en lugar de responderla. Esa actitud, que cada vez dificulta más el debate público, pretende que los periodistas renunciemos a ejercer nuestra libertad y a cuestionar las estructuras profundas que definen el poder.
Sorprende la escasa —casi nula— autocrítica de quienes hoy actúan como voceros automáticos del Gobierno. Funcionarios que repiten el discurso oficial como un mantra, porque esa repetición es, en muchos casos, la condición para permanecer en el cargo.
Resulta paradójico que mientras se nos acusa de ser “periodistas del poder”, muchos de ellos ocupen posiciones para las cuales no tienen la preparación ni la experiencia necesarias. Están allí precisamente porque no cuestionan, porque no contradicen, porque obedecen. Quienes se atreven a hacerlo han ido saliendo del Gobierno, como se ha visto incluso entre algunos de los más leales alfiles del progresismo.
Se ha querido reducir lo ocurrido a una supuesta diferencia ideológica. Ese argumento se cae por sí solo frente a la evidencia. Los micrófonos de este programa están y seguirán estando abiertos para el debate con los funcionarios del Gobierno, siempre desde el respeto y la honestidad intelectual.
De hecho, un día antes de esa entrevista, en el mismo espacio, dialogamos con la ministra de Cultura, Yannai Kadanami, a quien también cuestionamos sobre temas relacionados con su cartera. La diferencia fue clara: respondió con conocimiento, altura y argumentos.
Esa misma semana pasó por el programa Susana Muhamad, otra mujer progresista que defiende con firmeza las decisiones del Gobierno y su proyecto político. Da gusto conversar con funcionarias capaces de sostener una entrevista desde la solidez técnica y el rigor.
Así que no, no se trata de ideología. Se trata de preparación, de respeto por el cargo que se ocupa y por los ciudadanos a quienes se debe rendir cuentas. No dudo de que la directora Natalia Irene Molina Posso pudiera haber sido, en el futuro, una gran directora del DNP, pero sí dudo de que una persona con apenas unos años de experiencia laboral pueda hacerse cargo de un departamento tan determinante para el presente y el futuro de los más pobres, aquellos que tanto dicen defender. La entrevista de Blu Radio fue una fotografía de ello.
El problema de fondo no es Molina —¿quién no aceptaría el cargo de directora del Departamento Nacional de Planeación?—. La práctica burocrática cuestionable es de quienes la nombran, porque lo hacen sabiendo que funcionarios sin experiencia dependen política y profesionalmente de quienes los designan. Así, poco a poco, se va debilitando la institucionalidad del país. Como bien lo advirtió Orwell, “la ineficiencia no siempre es un error: puede ser una herramienta de control”.
Por último, no quiero cerrar estas líneas sin reconocer que el tono de la entrevista fue fuerte, lamento si fue incómodo para parte de nuestra audiencia. El deber del periodismo es ejercer control sobre el poder; a veces, como todos los seres humanos, fallamos en la forma.