Ayer la noticia fue que robots humanoides, equipados con inteligencia artificial, estarían vigilando centros comerciales y conjuntos residenciales en Bogotá, con el objetivo de mejorar la seguridad en la capital.
Me impresionaron mucho en su apariencia. Todavía con movimientos muy “robotizados”, están prestos a registrar cada entrada y salida con precisión en estos lugares y, para ello, pueden detectar anomalías, identificar patrones de comportamiento sospechoso y procesar datos críticos en tiempo real.
Tengo que decir que me sentí en una de las películas de ficción que veía cuando era niño. Y me surgieron varias preguntas y reflexiones que quisiera compartir con ustedes:
- ¿Qué estamos reemplazando realmente: funciones o vínculos humanos? Entiendo que un robot puede vigilar, registrar, alertar. Pero no puede interpretar el miedo en una mirada, decidir con compasión, entender el contexto humano. Seguro podemos ganar eficiencia, y eso es muy bueno, pero ¿cómo logramos no perder humanidad?
- Si una máquina puede hacer nuestro trabajo, ¿en qué se sostiene nuestro valor? Durante años hemos definido a las personas por lo que hacen: su profesión, su productividad, su utilidad. Pero si una máquina puede hacerlo mejor, más rápido y sin cansarse, la pregunta es: ¿qué queda del ser humano? Hay que construir una reflexión que nos permita entender lo humano en este contexto tecnológico.
- Si todo se vuelve eficiente… ¿qué lugar queda para lo imperfecto? El ser humano es lento, emocional, contradictorio, y ahí precisamente está la condición de posibilidad de desarrollo. Pero el mundo que estamos construyendo premia la precisión, la velocidad, la ausencia de error. Me pregunto: si eliminamos lo imperfecto, ¿no estaremos eliminando también lo profundamente humano?.
Y me propongo estas preguntas no para quejarme de los robots, ni para cerrarme al desarrollo tecnológico, sino para llamar la atención sobre la necesidad de reflexionar en torno a qué es lo humano en medio de todo este avance, generar los límites éticos necesarios y no perder el control de la existencia.
Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas se parezcan a nosotros, es que nosotros terminemos pareciéndonos a ellas.