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Bojayá, una herida incrustada en nuestra historia

Me impresiona que, en las redes y en las calles, muchos sigan creyendo que la violencia es el camino y que nos neguemos a la reconciliación.

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Alberto Linero
Foto: Instagram @PLinero

He escuchado muchos relatos del dolor que causa la guerra . He sentido cómo las palabras de las personas sobrevivientes o de personas a las que la violencia le han arrancado sus seres queridos, no alcanzan a transmitir el alma rota, los recuerdos crueles y las peores sensaciones de tristeza. He abrazado a madres que lloran a sus hijos, y a hijos pequeños que extrañan a sus padres.

Son momentos en los que cuestiono la condición humana y no entiendo cómo se puede justificar de alguna manera causarle tanto dolor a cualquier persona.

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Nosotros los colombianos, que estamos obligados a no olvidar ninguna de las masacres que los violentos, impulsados por cualquier idea, han cometido, volvemos a dejar llorar el corazón por las más de 100 personas que murieron hace 20 años en ese templo por la explosión del cilindro bomba lanzado por los hombres de las Farc en su enfrentamiento con los paramilitares en Bojayá.

Esta -como otras tantas masacres- es una herida incrustada en nuestra historia reciente, y puede ser la motivación constante para construir la paz desde condiciones de equidad, de justicia y tolerancia por el que es, piensa y cree diferente.

No recordamos estas duras experiencias para sentirnos invitados a la venganza, sino para perdonar y esforzarnos en luchar para que estas situaciones no se repitan. Para ello tenemos que entender que somos capaces de resolver nuestras diferencias con inteligencia y justicia, siendo empáticos con el otro y sabiendo que su dolor es igual al nuestro, aunque tengamos tantas diferencias; necesitamos batallar para que la corrupción no siga hundiendo en la miseria a tantos colombianos que viven lejos de los centros de nuestro país.

Me impresiona que, en las redes y en las calles, muchos sigan creyendo que la violencia es el camino y que nos neguemos a la reconciliación como si nos hubiéramos acostumbrado a adorar la violencia y todo el dolor que causa. Hoy me vuelvo a arrodillar delante de ese Cristo mutilado , que encarna el dolor de tantos hermanos, pidiéndole que nos ayude a reconciliarnos como nación. No podemos olvidarnos de ese dolor para entender que necesitamos vivir en paz.

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