La historia de Priscila Gómez no es solo la de una bailarina talentosa que conquistó uno de los teatros más importantes del planeta, sino la de una mujer que aprendió a reinventarse después de que su cuerpo le impusiera límites aparentemente insuperables.
En entrevista con El Radar, la artista colombiana relató cómo más de 15 cirugías, la mayoría derivadas de su exigente carrera en el ballet, marcaron su vida y transformaron su camino artístico.
“Yo creo que nací siendo bailarina”, afirmó Gómez, al recordar que su infancia estuvo atravesada por el arte. “Mi primer recuerdo es mi papá mostrándome La Sylphide por el Royal Ballet, que es donde hoy en día bailo”, contó, destacando cómo ese sueño infantil terminó materializándose, aunque de una forma distinta a la que imaginó.
Formada en España, Inglaterra y Estados Unidos, Priscila fue campeona nacional en España, participó en competencias internacionales y llegó a integrar el ballet Joffrey en Nueva York. Sin embargo, su cuerpo, marcado por la hipermovilidad y las lesiones recurrentes, comenzó a pasarle factura desde muy joven. “Mi primera cirugía fue a los 16 años, cuando pensé que todo se iba a acabar, y resulta que me faltaban 15 más”, relató. A los 19, tras varias intervenciones en el pie, los médicos le dijeron que no podía seguir bailando ballet clásico. “Fue muy difícil, porque esto no era un hobby: había entregado mi vida entera a este arte”.
Lejos de rendirse, Gómez decidió reinventarse. “Me tomó dos minutos decir: voy a estudiar arte dramático. A mí no me van a bajar de un escenario nunca”, recordó. Su transición a la actuación fue natural, impulsada por su formación expresiva y su amor por el cine y el teatro. Aun así, la danza nunca abandonó su vida. “Mi espíritu sigue bailando y la danza vuelve y me encuentra de otra manera”, dijo, al explicar cómo terminó explorando otros estilos, como el flamenco.
Hoy, su nombre brilla en Londres: Priscila es parte del elenco de La Traviata en la Royal Opera House y, además, es la imagen que promociona la ópera en estaciones de metro y buses de dos pisos de la capital británica. “Soñé desde niña con pisar ese escenario. Hay días que se me olvida, pero antes de salir cierro los ojos y me imagino a la niña de cuatro años viendo ballet con su papá”, confesó emocionada.
Su camino no ha sido fácil. “He tenido que empezar una y mil veces, volver a enseñarle a mi cuerpo a moverse, recuperar la flexibilidad, y no una sino 15 veces”, explicó. Pero esa perseverancia, dice, es la que la mantiene en pie: “Hay mucha gente que lo tuvo que abandonar. Yo he encontrado la manera de seguir”.
La historia de Priscila Gómez es, ante todo, una lección de resiliencia, disciplina y amor por el arte. Como ella misma resumió: “La vida no se acaba aquí. La danza orbita en mí”. Y hoy, desde uno de los escenarios más prestigiosos del mundo, esa danza sigue hablando en nombre de una colombiana que nunca dejó de creer.