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La gratitud de una ranchería en medio de la desesperanza, el hambre y la sed

Hay pobreza y desnutrición, sin embargo la esperanza sigue viva entre los habitantes de la ranchería Werrudka.

264711_Foto: BLU Radio
Foto: BLU Radio

Al llegar a La Guajira todo es calor, vallenato y sonrisas. Es como si un gran horno se abriera y cogiera de ti lo más colombiano que tienes.

 

Es una explosión de sensaciones que van desde el olor del mar recién levantado, hasta el sonido de un vallenato jamás conocido en el interior del país.

 

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La Guajira es ese departamento del que muchos hablan y pocos conocen. Ese departamento olvidado por el Estado e incomprendido por la sociedad.

 

Se divide en dos grandes grupos, ambos increíbles, ambos misteriosos.

 

Cual divididas por el mapa, están las dos Guajiras: una visitada y concurrida, otra olvidada y relegada.

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Por un lado está el mar, la rumba, el vallenato, el famoso Festival de Francisco El Hombre al que acuden miles de turistas de todo el país y al que la televisión le da una importancia sinigual.

 

 

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La gente, cálida por de más, hace sentir al turista que se encuentra en uno de los departamentos donde el sol arrecia con potencia y no da lugar al más mínimo asomo de frío.

 

Por otro lado, está esa Guajira de la que pocos se atreven a hablar. La Guajira olvidada y relegada, donde la pobreza, la desnutrición y la inclemencia están al orden del día.

 

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Un viaje al interior de La Guajira

 

Luego de un largo viaje atravesando gran parte de Colombia, al fin estábamos ahí, en la mítica tierra guajira, llena de cosas increíbles, costumbres únicas y oportunidades escasas.

 

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Eran las 11 de la mañana en un día normal para la mayoría de colombianos, sin embargo era el día perfecto y soñado para una pequeña parte de la comunidad Wayúu. Hoy después de tanto tiempo, de luchas y ruegos, tendrán por fin agua potable.

 

Atravesamos una trocha, casi intransitable, y el sol en medio de sus rayos nos abría paso para poder llevar el preciado líquido a la ranchería.

 

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Había tantos caminos como árboles caídos y las únicas señales de tránsito eran los molinos, que referencian, desde lejos, dónde hay vida humana.

 

Luego de 45 minutos de lucha contra el clima, la vía y los animales estábamos ahí, en la olvidada ranchería Werrudka.

 

A lo lejos se veían algunos niños jugando con la tierra, otros lloraban pidiendo a sus madres una gota de agua para calmar la sed de días y días sin beber. Esto sin contar que la temperatura estaba alrededor de los 40 grados centígrados a sombra.

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Cientos de Wayuu, habitantes de la ranchería, esperaban con ansías la llegada de ‘Los Ángeles Cielo’, un programa de AJE Colombia Y Agua Cielo que busca llevar el preciado líquido a estos lugares que parecen borrados del mapa del país.

 

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La alegría en niños, adultos y ancianos era evidente. Los pequeños corrían en medio de su desnutrición y los más grandes solo agradecían a la comitiva que llegó a este inhóspito lugar, adentro muy adentro del olvidado departamento de La Guajira.

 

La misión de ‘Los Ángeles Cielo’ era inaugurar el pozo para el tratamiento de agua potable, algo que solo existía en el sueño de la comunidad y que hoy es una bella realidad.

 

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“No teníamos el preciado líquido en nuestra comunidad y hoy gracias al pozo podemos tener agua potable. Es una gran bendición lo que nos está dando Agua Cielo”, manifestó en medio de lágrimas Betsy, la líder de la comunidad Werrudka.

 

Pasadas las tres de la tarde, y en medio de palabras de los líderes de la comunidad y algunos empresarios de AJE Colombia, por fin se inauguró el pozo para el tratamiento de agua potable.

 

Mis ojos y mi cámara solo podían percibir lágrimas y sonrisas, era un sueño hecho realidad para los Wayuu y era el principio del fin de la sed.

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Luego fuimos hasta la ‘escuela’, una pequeña choza improvisada en donde la tierra son los pupitres y los árboles, el pizarrón del ‘profesor’.

 

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Todo parecía fuera de la realidad, y es que definitivamente es otra realidad, otro país, otra vida, otro mundo. Un mundo indigno llevado por la desesperanza, el desasosiego y la nostalgia.

 

La vida allí pasa en medio de la nada, el tiempo parece inexistente y solo el cántico de alguno de los gallos anuncia la mañana, la tarde y la noche.

 

La gratitud

 

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En medio del hambre y la sed, los indígenas Wayuu de la ranchería Werrudka nos invitaron a comer.

 

A través de un baile, nos invitaron a que hiciéramos parte de su comida, el popular friche, un plato a base de chivo.

 

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Caía la tarde y llegaba la noche, la comunidad empezaba a resguardarse en sus improvisadas viviendas ya que la oscuridad se apoderaba por completo del lugar.

 

Con el sonido de los gallos, los chivos, y el llanto de los niños, nos despedimos de aquel lugar, conociendo el lado más humano de La Guajira, una península olvidada en el norte del país, pero que esconde personas maravillosas y un sinfín de historias sin contar.

 

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