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Etapa 17 del Tour de Francia: la alta montaña exigirá a los aspirantes al podio de la general

Los ataques son casi obligados, aunque todavía tendrán que guardar algunas fuerzas para la segunda gran jornada en los Pinrineos, con la combinación de dos clásicos, el Tourmalet y Luz Ardiden.

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Tour de Francia /
Foto AFP

Mientras Francia celebra su día nacional, el Tour afronta la primera meta en alta montaña pirenaica, una etapa decisiva que los organizadores han colgado el cartel de reina, la primera de dos grandes jornadas en ese macizo.

En la primera de ellas, el ascenso definitivo al Col del Portet, cuya cima se sitúa a 2.215 metros, aparece como un momento clave del Tour de Francia, a término de una etapa de 178,4 kilómetros con inicio en Muret y que incluye otros dos puertos de primera categoría.

La etapa está marcada en rojo desde la presentación del recorrido en octubre pasado porque ofrece un fenomenal terreno de ataque a cinco días de la llegada a París. Además, constituye la penúltima oportunidad para los escaladores para brillar.

La jornada se descompone en dos fases opuestas. El falso llano ligeramente ascendente durante los 120 primeros kilómetros que dan paso a una permanente jornada de ascensos y bajadas.

Empezando por los 13,2 kilómetros al 7 % de Peyresourde, para seguir por los 7,4 kilómetros al 8,3 % de Val-Louron-Azet y, para acabar, la terrible subida al Portet.

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Para el director deportivo del Tour, Thierry Gouvenou, se trata "del puerto más duro de los Pirineos", una pista asfaltada para albergar al Tour en los 80, pero que no logró seducir a la carrera hasta 2018, primera ascensión a ese puerto en la que se impuso el colombiano Nairo Quintana.

Para este segundo capítulo en el Portet se ha elegido el mismo tramo, aunque con una configuración totalmente diferente. Hace tres años el puerto era la meta de una etapa de solo 65 kilómetros. En esta ocasión han apostado por un perfil más clásico y por acompañar al Portet con otros coles.

Los ciclistas descubrirán, de nuevo, un lugar proporciones estratosféricas, 16 kilómetros de ascenso sin parar, con una pendiente del 8,7 % pero con tramos donde se supera el 11 %, en medio de un paisaje desértico que sitúa al ciclista desamparado a las condiciones climáticas, sin protección de la vegetación.

Por eso muchos lo comparan con el Mont Ventoux, mientras que Gouvenou asegura que no tiene nada que envidiar al mítico "monte calvo" de la campaña que en esta edición se subió, por vez primera, en dos ocasiones.

A ello se suma la altitud, la más elevada que alberga una meta en esta edición, 200 metros por debajo que el techo de esta edición, Envalira, que no tenia la banderola de llegada.

Los ataques son casi obligados, aunque todavía tendrán que guardar algunas fuerzas para la segunda gran jornada pirenaica, con la combinación de dos clásicos, el Tourmalet y Luz Ardiden.

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Estos dos gigantes de los Pirineos se concentran en los 60 últimos kilómetros de una etapa corta y suponen la última oportunidad de los escaladores para lograr segundos de cara a la contrarreloj definitiva.

La etapa presenta muchas oportunidades de ataque, sobre todo lejanos, porque las rampas del Tourmalet son más duras y exigentes que las de Luz Ardiden, más corto.

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