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Conmovedor momento de Yves Lampaert tras vestirse de amarillo en el Tour: “¿Ganar? Ni en sueños”

"Solo soy el hijo de un granjero de Bélgica y he hecho esto", dijo el ciclista tras ganar la primera etapa del Tour de Francia 2022.

Yves Lampaert.jpg
Yves Lampaert
Foto: AFP

El de Yves Lampaert no figura en la lista de cromos de los aficionados del mundo del ciclismo . Al menos, en los de fuera de Flandes, donde este ciclista de 31 años, primer maillot amarillo del Tour de Francia de 2022, es ya un reconocido corredor que comparte la pasión por la bicicleta con el campo.

El ciclista del Queck Step , que arrebató la victoria en la crono de 13,2 kilómetros en las calles de Copenhague a su compatriota Wout van Aert contra todo pronóstico, consiguió así el mayor éxito de una carrera que se ha desarrollado a la sombra de brillantes nombres del ciclismo belga.

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Las lágrimas con las que celebró el triunfo, sentado en la silla en la que aguardaba a que acabara la crono, no desaparecieron hasta bien pasados los minutos y afloraban a sus ojos cuando subía al podio y cuando hablaba con los medios, confundidas con las gotas de lluvia que mojaban también su rostro como lo habían hecho con las calles de la capital danesa.

"No me lo puedo creer, es algo que nunca me podía imaginar, superar a Van Aert, Van der Poel, Ganna, es algo increíble", aseguraba el corredor belga, que hizo el recorrido con el asfalto más seco y con menos viento en la cambiante tarde escandinava.

La lluvia es algo de lo que siempre ha vivido pendiente Lampaert, hijo y nieto de agricultores acostumbrados a mirar al cielo desde sus húmedos campos del norte de Bélgica.

Lampaert logró, al fin, asomar la cabeza frente a los Van Aert o los Evenpoel, este último ausente en el Tour pero que le ganó en los pasados campeonatos de Bélgica contrarreloj.

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"No me lo esperaba. Mi objetivo era acabar entre los diez mejores, pero ¿ganar? Ni en sueños", afirmaba el ciclista que no paraba de llevarse las manos a la cabeza, incrédulo.

El belga reconoció que, esta vez, el tiempo que puso de su lado. Estaba lejos de los mejores en el primer tramo de la etapa, pero los últimos 6 kilómetros fue un rayo, casi a 70 kilómetros por hora en un asfalto menos resbaladizo.

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Esta vez, la moneda cayó del lado de este corredor atípico, menos mediático pero que desde hace años suena como uno de los que tiene más pedigrí en el reducido campo de los especialistas en clásicas, los "ciclistas a la flamenca", como se dice en el argot del pelotón.

Ahí ha hundido sus raíces este corredor de acento cerrado, al que ni sus paisanos entienden, porque habla con un dialecto muy poco habitual, típico del terruño donde vive con sus padres, que regentan una granja de puerros y coles de Bruselas.

COLES Y NO VATIOS

Mientras que en los corrillos del pelotón se habla de vatios y piñones, Lapaert departe con su colega Frederik Backaert, que nació a pocos metros de su casa, del precio de las verduras o del último modelo de tractor.

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Ese es, sin duda, su tema favorito de conversación, según reconoce sin complejos el corredor, que regaló un cortacesped marca John Deere a cada compañero del equipo cuando en 2018 se proclamó campeón de su país en línea tras haber ganado también la crono.

Antiguo cinturón negro de judo, Lampaert comenzó a pedalear animado por un primo y lo hizo con tanta fuerza que los cazatalentos de Flandes se fijaron en él de forma inmediata.

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Su carrera parecía que iba a ser meteórica, pero no lo fue tanto como él mismo soñaba, lo que le ha llevado a avanzar a base de golpes en la mesa, algunos no siempre bien recibidos en el pelotón.

Hace unos meses, en la última etapa de la Vuelta a Bélgica, metió los codos para molestar a Tim Wellens y facilitar así la victoria final de su compañero de equipo Mauro Schmid, lo que le valió una descalificación.

Antes, Lampaert había ganado la contrarreloj de esa prueba y, mientras el equipo Queck Step dudaba en llevarle al Tour, él llamaba a la puerta con una frase contundente: "También puedo ganar en el Tour".

Su carácter fuerte y aguerrido también surgió en la pasada Roubaix, cuando un espectador le derribó cuando aplaudía a los corredores sin mirar quien venía por detrás: "Menudo imbécil, cuando no se conoce nada de ciclismo lo mejor es quedarse en su casa".

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