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No me extraña que solo hasta ayer la Iglesia introdujera la pedofilia como delito en su derecho

Queda pendiente el tema del encubrimiento, que es igual o más grave.

Alberto Linero
Alberto Linero
Foto: cortesía

La mentalidad platónica, en especial su visión dualista del ser humano, se coló en la doctrina del catolicismo camino de Plotino y de Agustín. Su idea de que el alma estaba encerrada en el cuerpo y que el objetivo de la vida era lograr que ésta se liberara ocasionó una mirada despreciativa de todo lo que estuviera relacionado con la corporalidad, con la sexualidad y en general con todo lo que proporcione placer. Eso ha hecho que cuando se hable de lo pecaminoso se le ponga exagerada atención a lo sexual y se olviden otras dimensiones importantes de la existencia, dimensiones fundamentales en momentos como el actual, por ejemplo la moral social.

No es extraño que el diálogo en los confesionarios se centre en el sexto mandamiento y en sus interpretaciones. Esa concepción del ser humano tan distinta a la antropología bíblica ha ocasionado que se vea la sexualidad como un tabú y que no se asuman con serenidad e inteligencia sus manifestaciones. Se reprimió, se soslayó y hasta se negó esta dimensión tan importante del ser humano, trayendo todo tipo de miedos, inseguridades y también de aberraciones, distorsiones y enfermedades.

Por eso no me extraña que sólo hasta ayer, gracias al Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, se haya presentado una reforma al código de derecho canónico que amplía la definición de abuso sexual, al reconocer explícitamente que los adultos, y no solo los niños, pueden ser víctimas de sacerdotes y laicos en posiciones de poder, dejando claro que la pedofilia y específicamente los abusos contra menores cometidos por sacerdotes son un delito, un crimen y no un simple pecado, endureciendo el castigo para estos criminales. Queda pendiente el tema del encubrimiento, que puede ser igual o aún más grave que el abuso, pues lo permite y lo promueve.

Aunque la esperanza es una virtud cristiana, muchos creemos que se tardarán demasiado en ser implementadas estas modificaciones, si tenemos en cuenta que la iglesia en tantas partes del mundo ha mirado hacia otro lado o ha encubierto estas atrocidades. Seguimos a la espera de que nuestras diócesis se rijan para la atención a estos episodios según las indicaciones del vademécum publicado por la santa sede, que parece aún ser desconocido. Esta clase de medidas son indispensables para evitar que casos como el de Maciel o Karadima se sigan repitiendo.

La Iglesia es “Maestra”, y va siendo hora de que revise su pedagogía. De la mano de estos asuntos jurídicos, es preciso revisar la formación y la enseñanza. Con un catecismo que destila clericalismo y mentalidad de élite en la jerarquía, será difícil que los cambios en el derecho canónico sean suficientes. Lo punitivo no es una estrategia pedagógica, es un último recurso ante el fracaso de la formación. La norma no es la primera opción para educar. Sin una revisión sustancial en la concepción del ser humano, la sexualidad, la forma como entendemos la iglesia misma y sus ministerios, estos crímenes seguirán ocurriendo y la iglesia no será un lugar seguro para sus fieles.

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