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Podcast: Historia extranormal: Las ánimas

‘Historia extranormal’ es una sección del programa Luna Blu de Blu Radio en que se recopilan algunas de las narraciones más perturbadoras y los mitos...

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que merecen ser contados una y otra vez, porque nunca estamos solos.

 

Esta historia aconteció en un pueblo de la costa caribe de Colombia y sumió en el terror a todos sus habitantes. Después de su ocurrencia, todos los años, durante el mes de noviembre, en horas de la noche, el pueblo entero se encierra a orar en el interior de las casas. Mientras tanto, en las calles desfila una procesión de ánimas o espíritus en pena. Su paso es perceptible porque se escucha un murmullo continuo muy parecido a un rezo en voz baja.

 

El paso de las ánimas empieza a las doce de la noche y termina a las tres de la mañana. Sucede cada día, sin falta alguna, del primero al treinta de noviembre.

 

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Cuentan los abuelos que una noche de noviembre de hace muchos años, como ya era costumbre, empezó el desfile de las ánimas. En esa oportunidad se escucharon voces ininteligibles que iban in crescendo. Los pobladores, presas del pánico, temblaban en sus casas. Las matronas del pueblo rezaban incesantemente el rosario pidiendo la ayuda de la Virgen y los santos para que se llevaran los espíritus en pena. El pavor se notaba en el rostro de todos. Nadie dormía. Algunos niños, incluso, se escondían bajo las camas con estampas de San Miguel Arcángel en sus manos. Ninguno se atrevía a asomarse por las ventanas y mucho menos a entreabrir la puerta de la calle para mirar el espectáculo y satisfacer su curiosidad. Todos estaban literalmente paralizados. Siempre se escuchaba un rumor al principio, después gritos desgarradores y finalmente, antes de desaparecer, voces suplicantes que disminuían poco a poco su intensidad. Esa noche, sin embargo, más o menos a la una de la madrugada, cuando la procesión de las ánimas avanzaba escalofriantemente, una de las vecinas, muy conocida por sus dotes para enterarse de los secretos de todo el mundo, no pudo dominar su curiosidad, abrió la ventana de su habitación, asomó por ella su rostro expectante para ver quiénes caminaban por la calle y qué hacían. Vio un grupo de sombras tenebrosas que en fila india avanzaban levitando, no se les veían los pies ni el rostro. De pronto, para su asombro, una de ellas se apartó de la fila y flotando velozmente se acercó a su ventana y le entregó un envoltorio. Inmediatamente se alejó y regresó a la procesión. La aterrorizada mujer miraba con ojos desorbitados, petrificada y muda, el paquete que tenía en sus manos. El cortejo de sombras, entretanto, desaparecía al final de la calle.

 

Los familiares de la mujer, preocupados por el hecho, esperaron el amanecer y salieron afanados a buscar el cura del pueblo con el fin de solicitar su ayuda para que la sacara del trance en que se encontraba y revisara el contenido del envoltorio. Ninguno se atrevía a abrirlo. El sacerdote fue a la casa de la mujer, empezó a recitar oraciones de protección y le quitó de las manos el paquete que le entregó el ánima. En ese momento ella volvió en sí y comenzó a gritar con voz desgarradora: “está noche vendrán por mí, me van a llevar.” El cura siguió orando en medio de sus gritos. Al cabo de varios minutos la mujer se calmó. En ese momento él abrió el envoltorio y todos los presentes dieron un alarido cuando vieron el contenido: eran restos humanos. Los hijos de la mujer, atemorizados por la posibilidad de perder a su madre, le rogaban al cura que la ayudara. Faltaban dieciocho horas para que las sombras regresaran y se la llevaran. En ese momento habló la vecina más vieja del pueblo: “yo sé lo que hay que hacer”, dijo. “Solamente un ángel puede devolver los huesos a las sombras”, agregó. “A él no se lo pueden llevar”, concluyó.

 

En la casa de la mujer en peligro vivía un nieto suyo, un bebé de seis meses de nacido. Todos estuvieron de acuerdo en que ese niño inocente era un ángel en este mundo. Entonces trazaron la estrategia que pondrían en práctica por la noche.

 

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A las doce de la noche tres toques sonaron en la ventana. Poco a poco la hoja de madera se fue abriendo y bajo el marco apareció el niño abrazando el envoltorio de huesos. Su abuela, escondida bajo el alféizar, lo sostenía con sus manos. La sombra agarró el envoltorio y una voz gutural se escuchó: “Por esta vez te has salvado” dijo. “Volveremos todos los noviembres hasta que te asomes otra vez”. “Entonces serás una sombra como nosotros.” Dio media vuelta y se fue.

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