En su reflexión dominical, el pastor Andrés Corson recordó que la oración no es solo repetir palabras, sino un camino diario que nos conecta con Dios, siguiendo el modelo que Jesús enseñó a sus discípulos en Lucas 11:1: “Señor, enséñanos a orar”. Corson enfatiza que el primer paso en este sendero es reconocer nuestra posición en Cristo y acercarnos con confianza al Padre, comenzando con gratitud y alabanza: “Antes de pedir cualquier cosa, debemos pasar tiempo con Jesús simplemente para alabarlo y darle gracias”.
El pastor explica que el tiempo de alabanza es un proceso que involucra cuerpo, alma y espíritu, siguiendo el patrón del tabernáculo de Moisés. En el atrio, simbolizando el cuerpo, iniciamos dando gracias a Dios por la vida y sus bendiciones; en el lugar santo, representando el alma, alabamos a Dios por quién es, usando nuestras manos, pies, voz y expresiones; y en el santísimo, conectado con nuestro espíritu, experimentamos intimidad con Él: “Cuando siento a Dios, comienzo a sentir su amor y me siento amado por Él”. Así, la alabanza transforma nuestras emociones, voluntad y mente, confrontando las mentiras del mundo y fortaleciendo nuestra fe.
Corson subraya que la alabanza diaria no es un acto automático, sino un sacrificio que exige decisión y constancia: levantar las manos, saltar, cantar, expresar alegría y gratitud a Dios. Como enseña Salmos 100:4, “Entren por sus puertas con acción de gracias; denle gracias y alaben su nombre”. Dar gracias, reconocer sus beneficios y alabar a Dios por lo que ha hecho y hará, incluso en medio de las dificultades, nos conecta con su presencia, nos renueva y nos prepara para vivir en intimidad con Él.