Se derrumba el mito de los "dos litros de agua al día": la ciencia explica por qué
Un estudio publicado en Science, que analizó el recambio de agua en miles de personas mediante isótopos, mostró que las necesidades reales varían enormemente.
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Durante años, pocas recomendaciones de salud han calado tanto en la opinión pública como la idea de beber ocho vasos de agua al día. Dos litros exactos, ni más ni menos, convertidos en un dogma que aparece en relojes inteligentes, aplicaciones de bienestar y discursos de celebridades del fitness. Sin embargo, cuando se analiza con lupa científica, esta cifra aparentemente incuestionable empieza a resquebrajarse.
La medicina moderna parte de un principio básico: no existen dos organismos idénticos. Las diferencias no se limitan a la estatura o al peso, sino que incluyen el metabolismo, la composición corporal, la edad y el nivel de actividad física. Pretender que todas las personas necesiten la misma cantidad de agua diaria es tan impreciso como recomendar la misma dosis de un fármaco a toda la población. Por eso, cada vez más expertos defienden que la hidratación debe adaptarse a cada individuo.
No es difícil entenderlo con un ejemplo sencillo. Las necesidades hídricas de una persona joven, muy activa y con gran masa muscular no se parecen en nada a las de alguien mayor, con menor gasto energético y un metabolismo más lento. En este contexto, repetir de forma automática el famoso “dos litros al día” carece de sentido fisiológico.
El origen de esta creencia se remonta a mediados del siglo XX. En 1945, el Food and Nutrition Board de Estados Unidos publicó una recomendación que hablaba de una ingesta adecuada de 2,5 litros diarios de líquidos. Décadas después, el fisiólogo Heinz Valtin explicó que el error estuvo en ignorar una frase clave del documento: gran parte de esa cantidad ya se obtiene a través de los alimentos. Con el tiempo, la advertencia se perdió y la cifra se transformó en una obligación diaria de beber agua.
Las instituciones sanitarias actuales mantienen cifras orientativas, pero con importantes matices. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, por ejemplo, propone unos dos litros de agua total para mujeres y 2,5 para hombres. La palabra “total” es esencial: incluye no solo bebidas, sino también el agua presente en frutas, verduras, sopas y otros platos habituales. Algo similar ocurre con las recomendaciones del Instituto de Medicina de Estados Unidos, que maneja valores aún más altos, pero siempre contando toda la dieta.
La investigación científica reciente refuerza esta visión flexible. Un amplio estudio publicado en Science, que analizó el recambio de agua en miles de personas mediante isótopos, mostró que las necesidades reales varían enormemente. En climas templados y con estilos de vida sedentarios, la mayoría de los adultos se sitúa entre 1,5 y 1,8 litros diarios. Otras investigaciones del mismo año apuntan a cifras similares, ajustadas según sexo, edad y composición corporal.
Otro mito frecuente es la idea de que hay que beber antes de sentir sed. La fisiología humana cuenta con un sistema de regulación extremadamente preciso: cuando la concentración de solutos en sangre aumenta mínimamente, el cerebro activa la sed y pone en marcha mecanismos para conservar agua. Salvo en situaciones especiales, como en personas mayores o deportistas sometidos a esfuerzos extremos, atender a esta señal natural sigue siendo una estrategia segura y eficaz.
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Reconocer que los dos litros obligatorios son un mito no resta importancia al agua. Al contrario: su consumo es esencial y, en determinados contextos clínicos o ambientales, aumentar la ingesta resulta claramente beneficioso. La clave está en abandonar las reglas rígidas y escuchar tanto a la ciencia como al propio cuerpo.