Presidí, al menos, 25 Miércoles de Ceniza en distintas capillas de Colombia. Esto es, tomé la ceniza que queda de quemar los ramos del Domingo de Ramos del año anterior y la utilicé como signo de reconocimiento de la fragilidad, la contingencia y la vulnerabilidad humana. Este es uno de los símbolos que más me gusta, porque nos recuerda que no somos absolutos, que necesitamos de los demás y que la vida debe vivirse con humildad. No es solo un gesto externo; debe ir acompañado de una experiencia interior de comprensión y aceptación de nuestra propia condición.
No se requiere ser religioso para entender que no somos el centro del planeta y que la felicidad está en aprender a vivir con inteligencia y responsabilidad. Lo entendí con claridad cuando fui a recibir las cenizas del cuerpo de mi papá. Todo lo que fue físicamente quedó reducido a un pequeño puñado de polvo. Y así nos pasará a todos. Por eso, la soberbia es un pésimo camino, porque nos aleja de la realidad y nos hace olvidar lo esencial.
El problema es que a veces vivimos como si fuéramos eternos, como si el tiempo no se nos fuera a agotar. Nos enredamos en luchas de ego, en afanes sin sentido, en rencores inútiles. Pero el polvo en el que terminamos nos grita otra verdad: lo que realmente importa es cómo vivimos, cómo amamos y cómo dejamos huella en los demás.
Este signo de la ceniza nos invita a reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Estamos construyendo relaciones basadas en el respeto y la gratitud? ¿Estamos invirtiendo nuestro tiempo en lo que verdaderamente vale la pena? ¿Estamos aprendiendo a soltar el orgullo y a reconocer nuestras limitaciones?
La ceniza nos recuerda que la vida es pasajera, pero también nos lanza un desafío: aprovechar el tiempo que tenemos para hacer el bien, para crecer y para dejar un legado de amor y humanidad. No se trata de cuánto acumulamos ni de cuánto poder tuvimos, sino de cuánto aprendimos a vivir con sentido.